Autor Tema: [Fanfic] Follow me!  (Leído 274 veces)

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Plushy

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« en: 03 de Mayo de 2018, 07:25:49 am »
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[Una novelización del Pokémon VGC 2014]

Prólogo: ¡Bienvenida, Pachirisu!​

Lo primero que sintió al cobrar conciencia fue cálido y aterciopelado bajo sus patitas, también sintió un ambiente muy agradable alrededor de sus mejillas y un olor dulce. Fuese lo que fuese, tenía la pinta de ser algo delicioso.

Entonces, abrió los ojos.

Tardó un par de segundos en poder enfocar la imagen. Lentamente, la imagen del rostro de un humano comenzó a cobrar forma. Tenía el cabello lacio y negro, con su fleco de lado; sus ojos eran de la misma tonalidad y su mirada era profunda, pero de ninguna manera intimidante.

El humano le sostuvo para depositarlo en una especie de máquina. No dejaba de mirar hacia todos lados sin saber qué estaba pasando.

—Descuida, pequeña, será rápido. No temas, la máquina no va a comerte.

Un pequeño haz de luz azulado escaneó las patitas del pokémon, provocando que las alzara; no por temor, sino más bien jugando a saltarlo.

El humano miró la pantalla led de la máquina y mientras esperaba el resultado, cruzando los dedos. Sabía que estaba cerca de lograrlo y que el esfuerzo que llevaba ya meses por fin daría sus frutos. Tras unos instantes, la máquina arrojó una palabra en pantalla:

“Inmejorable”.​

El humano saltó de alegría, tomando al pokémon consigo. Sin saber por qué, el pokémon también se alegró y comenzó a agitar con entusiasmo todo su cuerpo. Tras el efímero festejo, el humano colocó a la recién nacida en la mesa, donde pudo percatarse que se encontraba un gran pokémon pájaro de colores anaranjados y negros. Instintivamente, supo que gracias al pokémon se encontraba en ese mundo; así que corrió a darle un gran abrazo, frotando sus mejillas contra ella…

Se escuchó el graznido de la Talonflame y posteriormente el del humano que intentó separarlos al momento de ser electrocutados por accidente.

Pese a haber quedado con el pelo completamente esponjado como un afro y un par de marcas de hollín por toda la cara, el humano continuó sonriéndole.

—Bienvenida al equipo, Pachirisu.

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No tenía ni un día de nacida y la roedora ya había explorado toda la casa de arriba abajo y había trepado lo que ni su dueño pensaba que se podía trepar. Lo que sí era que, con la misma energía y entusiasmo con el que emprendía las expediciones bajo los muebles, no le daba tregua a la comida. Apenas sentía el estómago lleno, extendía su esponjosa cola para usarla de cobija de emergencia y se quedaba dormida por un largo rato.

Su amo sabía de algunos entrenadores que apenas nacían las crías, las dopaban para llevarlas a entrenar; al fin y al cabo, ese era el propósito de su crianza. La mayoría de ellas ni siquiera conocían a sus padres.

Algunas, en realidad, podía decirse que no tenían padres.

Tomó con cuidado a Pachirisu para no despertarla y salió al enorme “jardín”: así era como le llamaba a su rancho. En aquella hectárea de pastos verdes y pozas de agua, rodeada de una amplia vegetación de árboles y arbustos de bayas, también había una pequeña sección llena de cobertizos. Entró en el más grande, eso sí, tocando la puertecita antes de entrar. A los pokémon no les gustaba que los “interrumpieran” y hacerlo sólo alentaba todo el proceso. Uno de los habitantes gruñó para que pudiera pasar. Al fondo, se encontraba un Furret macho y una Pachirisu hembra descansando con tranquilidad. Después de todo, había tenido una jornada bastante… intensa.

Colocó a la cría a su lado y, apenas sintió el cambio de textura, entreabrió los ojos. Comenzó a olfatear a los pokémon roedores y estos reaccionaron del mismo modo. Las pruebas de afecto no tardaron en llegar. Apenas el humano salió del cobertizo, silbó en un tono muy específico. A un lado, se encontraba un árbol bastante frondoso del cual descendieron varios Pachirisu, todos hermanos mayores de su última cría. Se acercó a aquella “inmejorable” dándole una palmadita en la cabeza.

—Estoy seguro de que ella será quién lo logre. Todos ustedes deben darle ánimo y apoyarla para que así sea—. Los pokémon alzaron con fanfarria su patita garantizando que lo harían.

Esperaría solo un par de días más a que se acostumbrara a su nuevo ambiente antes de presentarle a sus nuevos compañeros. Faltaban tres meses para el Torneo Mundial y tenía que tenerlo todo listo antes de que la fecha llegara.
 


Spoiler: Hola • mostrar
Eh... ¿hola? Mi nombre es Plushy y esto de las presentaciones se me da muy mal.
Llevo ya mi ratito en el mundillo del fanfiction pero revisando mis trabajos me doy cuenta que tengo muy pocos trabajos que le den un buen foco a la cosa de las batallas. Como a mi eso del competitivo no más no se me da (soy más de explorar lore de juegos y anime) pues decidí que la mejor forma de empezar a tomar batallas ya existentes, analizarlas (en el sentido de ver las naturalezas, evs, ataques, etc) e intentar llevarlas al "papel" pero de una forma mucho más orgánica... algo así más similar al entorno del anime donde los pokemón son seres vivos pero principalmente compañeros. Está decir que la batalla más famosa de la historia de los torneos es la de Se Jun Park y el GODchirisu y es por ello que tomo como base ese hito histórico para desarrollar toda una historia alrededor que no se limite a describir meramente el orden de los ataques y ya.
Espero que mi pequeño experimento literario sea de interés para alguien más, al menos a mi me servirá de práctica antes de embarcarme a hacer cosas más "originales" :D




Plushy

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Re:[Fanfic] Follow me!
« Respuesta #1 en: 05 de Mayo de 2018, 06:18:25 pm »
Capítulo 1: Espíritu eléctrico​

—Ven, hoy es el día.

Pachirisu subió a su hombro y ambos salieron al jardín. Anduvieron varios metros hacia la poza más grande del lugar; a su orilla se encontraba una parte del equipo. Los pokémon saludaron con júbilo a su entrenador.

—Ella es Pachirisu, es la última integrante del equipo.

Algunos de los pokémon ladearon la cabeza, confundidos por la introducción.

—Ah… sí, sé que dije que sería un Amoonguss... pero hubo un cambio de planes.

Sin esperar más, la ardilla se bajó de su entrenador y se lanzó a olfatear y saludar a sus nuevos compañeros. Primero lo hizo con el ave ya que era muy similar a la que la había empollado, salvo que éste era macho. El Talonflame sólo ladeó la cabeza y al sentir las cosquillas que le provocaba el que Pachirisu anduviese de un lado a otro, echó a reír batiendo las alas. La Garchomp que estaba a un lado sonrió divertida de ver la escena, no así la Gothitelle que veía todo con cara de pena ajena. La dragona saludó en su idioma haciendo que Pachirisu saltase de emoción y se trepase en ella. El entrenador miraba sorprendido ya que la reacción de casi todos los pokémon al ver a Garchomp era el de sentirse intimidados por su apariencia, pese a ser un pokémon bastante alegre.

Montada en la cabeza de la tipo dragón, pudo divisar a un pokémon blanco, quien al sentir la mirada traviesa de Pachirisu, se sonrojó de pena y se ocultó tras Gothitelle.

—Él es Gardevoir, es un poco tímido, pero es un buen chico.

Sin la necesidad de ser un Emolga, saltó del Garchomp hasta estamparse en la cara de Gardevoir para darle un buen abrazo. El tipo psíquico quedó confundido en el acto haciendo que diera vueltas hasta caer al piso noqueado por culpa su la ternura. Hasta su entrenador no pudo evitar derramar una buena gota de sudor en frío ante la triste y patética escena.

Una vez que Gardevoir se había recuperado con una baya y la Gothitelle había hecho lo suyo presentándose de forma calmada, el entrenador silbó con fuerza en dirección al lago. Tras un breve silencio, el agua comenzó a agitarse de forma estrepitosa y de las profundidades emergió un Gyarados con cara estarse deleitando ante un delicioso platillo para el almuerzo.

De todos modos, Pachirisu no tuvo impedimento de saltarle a la cara. Todos se quedaron horrorizados ante este hecho, temiendo que el pokémon acuático reaccionara de mala manera…

Aspiró y después exhaló haciendo salir vapor de agua de sus fosas nasales, cosa que lejos de intimidar a Pachirisu sólo le causó curiosidad. Aspiró de humedad del ambiente y después sopló para ver si ella también podía hacerlo.

El problema fue que sólo le salió un chorro de corriente eléctrica que dejó al poderoso pokémon aturdido y con un tic en el ojo.

—¡Ah, y se supone que deben ser pareja para los dobles! —lamentó el entrenador llevándose la mano a la cara.

No iba a ser un día fácil.

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Tras una presentación aparatosa y llena de tropezones (habiendo preparado comida de emergencia para contentarlos antes de que empezaran a despedazarse) por fin pudo reunir a todo el equipo para continuar con los entrenamientos.


La mayoría de los entrenadores novatos al salir de casa no se preocupan demasiado por la clase de pokémon con los que enfrentaban si su objetivo era meramente fortalecerse o llegar a evolucionar. Exista otra clase a la que le preocupaba únicamente el poder físico o el reto de enfrentar pokémon poderosos de cierto peligro como o un Electivire o algún tipo dragón.


Sin embargo, alguien que también poseía las cualidades de criador sabía que en los combates más exigentes algunas cualidades por sobre otras podían beneficiar al pokémon en combate. Por ejemplo, los Toxapex se caracterizaban por ser lentos y tener una buena coraza que no sólo los defendía de varios ataques, sino que también era capaz de envenenar al pokémon que se pinchara con sus espinas. Por tanto, era lógico que al entrenar, lo ideal era centrarse en su defensa y no, por ejemplo, su velocidad o su fuerza física; si el Toxapex no era capaz de resistir un poderoso ataque, ser levemente más rápido o fuerte que otros de su especie, no lo haría igualarse a otros pokémon rápidos o de poder inconmensurable.


Por eso, los entrenadores de élite debían enfocarse en ciertos aspectos del pokémon al momento de entrenar, ya que una mínima diferencia era lo que determinaba el ganar o perder un combate.


El entrenador había transportado una serie de cajas con pequeñas pelotas de goma. Eran tan coloridas que Pachirisu no se resistió a meterse en una de ellas para jugar. Al entrenador no le quedó de otra que sacarla jalándole de la cola, repitiéndose para sus adentros lo mucho que necesitaba que la cría fuese traviesa. Que Pachirisu fuese como era, de hecho, era parte de su estrategia.


Colocó a la roedora y la dragona en posición, tomó una vara y con ella trazó una línea a unos tres pasos detrás de los pokémon. Les explicó que para el entrenamiento tenían prohibido cruzar esa línea. Se apartó varios metros hasta las cajas y continuó con las indicaciones.


—Voy a arrojarles estas pelotas. Garchomp, necesito que las esquives todas. En cambio, Pachirisu, debes bloquearlas con tu cola. ¿Entendido?


Los pokémon asintieron poniéndose firmes y expectantes por lo que iba a pasar. La primera tanda se concentró en Garchomp, quien no tuvo mayor problema para esquivar la serie de bolas. En cambio, Pachirisu al ver el primer proyectil, traspasó la línea y dio un buen salto en el aire para atraparla. El entrenador no hizo más que suspirar.


—Si me haces caso, te haré un pastel de bayas zidra, ¿de acuerdo? —Los ojos de la pokémon brillaron de emoción y regresó a su posición pensando en el buen festín que se daría después.


Las primeras bolas impactaron en su cola sin mayor problema y creyó que sería pan comido aguantar unas cuantas más. Y así fue, al menos hasta que su entrenador cedió el puesto de lanzadora a Gothitelle. Con sus poderes psíquicos levantó no una ni dos, sino casi un centenar de pelotas. Tanto Pachirisu como Garchomp tragaron saliva al mismo tiempo cuando vieron que esa tirada no iba a ser nada fácil. A la orden del entrenador, los coloridos proyectiles fueron disparados a toda velocidad uno tras otro. Garchomp apenas y podía mantener el ritmo para esquivar; los de su especie se caracterizaban por ser agresivos, por lo que su instinto le ordenaba mandar un poderoso ataque y barrer con todas las pelotas, pero comprendía que ese no era el objetivo. En cambio, Pachirisu tenía problemas para soportar todo el impacto de golpe, iban tan rápido que ya no faltaba mucho para que pasase de la línea. En un último intento por resistir, electrificó su cola para fortalecer la barrera, pero al ser de plástico su estrategia no funcionó… ¡y salió rodando un par de metros con los ojos hechos espirales!


Su entrenador se acercó a ella. Ocultó la cabeza en la cosa pensando que recibiría un fuerte regaño por no haber cumplido con la orden. En cambio, sintió una pequeña palmadita cariñosa.


—Fue ingenioso que usases un escudo eléctrico. Estoy seguro que pronto podrás dominar esto.


Sus ojos brillaron de emoción y se llenó de determinación para lograrlo la próxima vez. Garchomp estaba agotadísima pero también recibió una caricia; claro está que con un poco más de cuidado, que su piel era tan rugosa que fácilmente podía herir al tacto.


Gardevoir y Gothitelle se alegraron al saber que serían los siguientes ya que eran muy buenos amigos y les gustaba participar juntos… aunque sus sonrisas se difuminaron por completo al saber que Gyarados iba a ser el lanzador…


Así pasaron el resto del día y, al caer la noche, todos fueron a comer bayas antes de dormir… todos menos Pachirisu quien se negaba a comer otra cosa que no fuera el pastel que le habían prometido.

—Oye, yo también estuve entrenando, además no dije que lo haría hoy.

Pachirisu infló sus mejillas pareciendo más un Dedenne y comenzó a azotar la cola. Su entrenador estaba a punto de protestar cuando escuchó otra voz:

—Cariño, la cena ya esta lista y como veo que hoy tuviste un día duro, he hecho tarta.

—Voy, mamá.

Antes de que pudiese dar un paso, Pachirisu ya se había adelantado a toda velocidad hacía donde su nariz le indicaba. Para cuando llegó, ya solo había media tarta y un Pachirisu dormido en la mesa.

Tal vez se había equivocado y le había tocado un pokémon goloso. De todos modos, si todo funcionaba bien, quizás un día podría darle todas las tartas que deseara.

Plushy

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Re:[Fanfic] Follow me!
« Respuesta #2 en: 15 de Mayo de 2018, 07:05:39 am »
Capítulo 2: Nuevos compañeros​

—Jun, despierta, tienes visitas.

Normalmente se despertaba temprano en época de entrenamiento, pero manejar a Pachirisu era muy desgastante. El reloj todavía no marcaba las ocho de la mañana cuando su madre lo despertó. Un poco más espabilado, miró con atención la fecha que también marcaba el reloj y comprendió a que clase de “visitas” se refería.

—Diles que me den unos cinco minutos, no puedo darles a su primer pokémon estando en pijama.

Ser un entrenador-criador derivaba en una palabra: Huevos.

Muchos, muchos, pero muchos huevos.

Todos en una especie de ruleta rusa de la genética: intentabas con uno, con otro y otro hasta que de uno emergía el pokémon ideal. Mientras tanto, ¿qué pasaba con el resto?

La mayoría de los criadores que no tenían más de cincuenta crías al año optaban por tenerlas un tiempo hasta que fuesen lo suficientemente fuertes para valerse solas y las enviaban de regreso a la naturaleza. Otros como él, de números más altos, solían tener convenios con investigadores que requerían buen número de pokémon para sus estudios. También solían ir a parar a hospicios y centros de adopción, así como en ciertas épocas del año ellos mismos los repartían a los niños para que emprendieran su viaje o simplemente como mascotas.

También estaban los que los vendían para poder costear el mantenimiento de sus respectivos centros. Aunque sabía bien que no toda la gente usaba ese dinero de forma tan “honesta”.

Alistado, salió de casa para dirigirse a la entrada en donde dos niños bastante entusiasmados lo esperaban: uno era un poco más alto y robusto, de pelo ensortijado y castaño oscuro; el otro lo tenía lacio y rubio. Ambos lo miraban como si se tratara de un súper modelo, les sudaban las manos y no dejaban de mecerse de un lado a otro.

—Se…señor Park… e-es todo un h-honor e-estar a…ante usted… —tartamudeó el segundo de los niños, a quien le faltaba uno de los dientes frontales.

—¡Pero yo estoy más honrado de verlo, señor Park! —exclamó el otro bastante más seguro de sí mismo.

—¡Eso no es c-cierto, Sehun!

—¡Que sí, Min!

—¡Niños, niños! —intentó tranquilizar el entrenador—. Para empezar, sólo llámenme Jun, no quiero sentirme viejo todavía.

—¡¡Señor Jun!! —gritaron a la vez, haciendo que sólo sonriera para evitar cualquier disgusto.

Tras la introducción, llevó a los niños a un área de amplia vegetación, donde la mayoría de las crías vivían. Después de buscar un poco (y sobornar a otros tantos con bayas), bajo los pies de los pequeños se formó una hilera de pokémon muy gustosos.

El primero de ellos era un Growlithe muy leal y valiente, posiblemente una de las mejores opciones de empezar el viaje ya que actuaba a modo de guardián. El segundo era un Shroomish de mirada muy seria, pero a la mínima orden era capaz de dormir o paralizar a quien se le enfrentara. El tercero era un habilidoso Staryu que podía aprender una gran variedad de ataques que lo harían efectivo ante contrincantes que le aventajan en tipo. El cuarto era un simpático y alegre Phanpy que mecía su trompa de lado a lado esperando ser lo suficientemente encantador para ser elegido. El último era un Pachirisu medio adormilado que, como a su hermana menor, le gustaba mucho comer y echar siestas.

El más alto de los niños se rascó la cabeza y miró incrédulo, un tanto decepcionado de la elección.

—Mmm, pensé que habría un pokémon más intimidante, como un Charizard o un Haxorus.

—No seas tonto, Sehun, nadie empieza con un pokémon tan poderoso. Además, ni siquiera podrías controlarlo, te comería antes de darle una orden.

—¡Tú eres el tonto, Min! Para que lo sepas, mi hermano mayor salió de viaje con un Raichu —replicó el otro niño sacando la lengua.

—¡Pero eso es diferente! ¡Sólo tuvo suerte de encontrar una piedra trueno y de todos modos no es lo mismo! —gritó el otro niño regresándole el gesto.

—¡¿Estas insinuando que mi hermano es un tramposo?!

—No… pero ahora que lo mencionas… ¡Sí, es un tramposo! Señor Jun, ¿verdad que empezar con un pokémon evolucionado es trampa?

—¡Que sepas que nadie habla mal de mi hermano mayor y se queda tan tranquilo!

Jun tuvo que intervenir antes de que fueran a hacer una locura. Ya más calmados los ánimos, les sugirió que arreglaran sus diferencias teniendo su primer combate una vez hubiesen elegido. Los niños se quedaron un rato viendo sus opciones.

—¡Yo quiero el Pachirisu! Es muy lindo y creo que empezar con un tipo eléctrico sorprenderá a los que siempre eligen algo de planta, fuego o agua —dijo el niño que era un poco más bajito.

—¡Pues en ese caso yo quiero al Phanpy sólo para ganarte!

—¿Eh? ¿De verdad lo vas a elegir sólo por eso?

—Bueno, yo… —murmuró—, la verdad es que preferiría al Growlithe, ¡todos saben que los tipos fuego son de los pokémon más fuertes!

—No ante los tipos agua, Sehun.

—Te digo que eres bien tonto, Min. ¿Tú con qué hierves agua? Pues con fuego, ¡duh! Una llamarada poderosa evapora el agua y quema las plantas, ¡es la mejor opción! ¿O me equivoco, señor Jun?

—¡Tonto tú, porque los tipo tierra le ganan a los fuego!

—P-pero la lava… y… y los volcanes… ¡Entonces me quedo con el Phanpy!... Aunque esos ojos no dan miedo… —musitó un poco decepcionado de su elección final.

—¿Piensan ponerles nombre? —preguntó Jun. Sehun fue el primero en responder.

—¡Sí, le pondré “Crusher”! —Todos quedaron impresionados con la rapidez de la elección, la mayoría se quedaban un buen rato pensando el asunto.

—P-pues yo… ¡El mío se llamará “Flashlight”!

Jun procedió a darles sus pokébolas y explicarles lo básico que necesitaban saber para defenderse allá fuera. Y como siempre pasaba, los niños sólo se le quedaron viendo con cara de: “sí, bla, bla, bla… ¿En qué momento va a callarse?” Igual que él había hecho la primera vez que salió de viaje. Ya con pokébola en mano, los niños enfrentaron su primer reto.

—¡Flashligh, usa…! —Min no pudo completar la orden porque al no saber qué pokémon iba a elegir, no había estudiado qué clases de ataques poseía.

—¡Embiste con todo a esa rata, Crusher! —El Phanpy corrió con fuerza, golpeando al Pachirisu con su cabeza. La ardilla retrocedió un poco y se notaba que le había dolido el golpe, pero no había sido suficiente para acabarlo. Min intuía que al ser de tipo eléctrico debía conocer como mínimo ‘impactrueno’ o ‘moflete estático’, pero al ser tipo tierra no serviría de nada.

¿De verdad iba a tener oportunidad de ganar el combate?

—¡Crusher, aniquílalo con un ‘terremoto’!

—¡¡¿Qué?!! —gritó su rival horrorizado por la indicación.



Por supuesto, nada ocurrió.



—¡¡¿Qué?!! —gritó Sehun, sorprendido porque su pokémon se había volteado a verlo muy extrañado.

—Phanpy no va a aprender un ataque así hasta que sea mucho más grande —explicó Jun, aunque en el fondo sabía que no debería estar explicando algo tan obvio.

—De acuerdo, entonces… ¡Crusher, haz un ataque que sí sepas hacer!

El pokémon adoptó una postura de combate…

—¡Oh, sí! ¡Aquí viene algo poderoso!

Y el pokémon lanzó un ‘gruñido’, que más que intimidante sonaba… lindo.

—Sabía que debía elegir al Growlithe…

Parichisu sacudió el cuerpo después de escucharlo, tenía los oídos muy sensibles y esa clase de ruidos lo alteraban mucho.

—¡Flashligh! ¡Usa… algo que también sepas usar!

A diferencia de su rival, la ardilla se quedó quieta y muy relajada.

—¡Ja, parece que a ti te ha tocado uno más inútil! —Ante las palabras, Jun no pudo sentir algo de desdén y esperaba que pronto Pachirisu le hiciese tragar polvo—. ¡Vuelve a embestir con todo!

El elefantito volvió a tomar carrera y corrió hacia el tipo eléctrico. Min se tapó los ojos porque daba el combate por perdido, así fue como se perdió el momento en el que Pachirisu agitó la cola y como por acto de magia, esta comenzó a brillar en un tono metálico. Cuando Phanpy ya estaba cerca, la ardilla se impulsó y se alzó en el aire, aterrizando con la cola en la cabeza del tipo tierra, propinándole un buen golpe. Aturdido, el tipo tierra rodó varios metros y una vez que se detuvo, no dio signos de poder continuar el combate.

—¡Phanpy no puede continuar! ¡El ganador es Pachirisu!

A Min casi se le caen los pantalones al escuchar el resultado. ¡No podía creerlo! ¡Había ganado su primer combate pokémon! Y mejor todavía, contra su rival del colegio. El otro niño, a pesar de su aspecto de chico rudo, se tiró a llorar.

—¡Buah! ¡He perdido y ante un pokémon que tenía que ser débil contra el mío! ¡Cuando mi hermano lo sepa seguro me va odiar, nunca voy a ser tan bueno como él!

Por más que sus palabras iniciales sonaran algo crueles, Jun no dejaba ser consciente que se trataba de un niño que no sabía lo que implicaba la verdadera fuerza y que con actitud sólo buscaba la aprobación de quienes admiraba. Se acercó a Sehun y le dio una mano para que se levantara.

—Tu hermano no tiene por qué estar decepcionado de ti si no te rindes; tarde o temprano serás incluso mejor que él.

—¿De verdad cree que mi hermano no se va a burlar de mí porque perdí? Él es muy bueno luchando —dijo con la cara llena de mocos y lágrimas.

—De verdad lo creo.

Se secó con la manga de su sudadera. Incluso el otro niño le ofreció un pañuelo de su mochila, que aceptó muy gustoso.

—No sabía que los Pachirisu sabían esa clase de ataques, pensaba que sólo podían aprender ataques eléctricos o golpes simples.

Jun se llevó la mano a la barbilla, tratando de recordar de quién procedía esa cría.

—Si no mal recuerdo, ese Pachirisu es hijo de otro traído de Sinnoh. Se dice que es una región muy fría por lo que los Pachirisu suelen aprender ‘cola de hierro’ para partir nueces congeladas en invierno. Algunos pokémon al nacer heredan algunos de los ataques que conocen sus padres, a estos se les suelen llamar “movimientos huevo”. Muchos entrenadores crían con el fin específico de…

—¡Que genial, tengo un pokémon medio mutante! ¡Yuhuu!

Jun estaba a punto de contar hasta cien antes de gritarles y correrlos de su hogar.

—Con Pachirisu un día podrá capturar un pokémon verdaderamente fuerte y quizás gane la liga regional.

Aquellas palabras hicieron mella en Jun ya que esperaba oír algo similar del otro niño, no de Min.

—¿Y por qué crees que no podrás lograrlo con Pachirisu?

—Bueno… —no parecía haberlo dicho como algo despectivo ya que su forma de expresarse sonaba clara y seria—, no es que realmente crea que Pachirisu sea débil, pero… Señor Jun, ¿ha visto la clase de entrenadores que llegan a las finales de los torneos? Todos tienen pokémon poderos, incluso… —titubeó con temor, como si alguna de esas criaturas se fuese a manifestar al invocarla— p-pokémon que los que sólo se oyen en leyendas. No creo que Flashlight tenga oportunidad ante esos monstruos.

La jovial sonrisa de Jun se desvaneció al escuchar las palabras del niño. Él mejor que nadie sabía a qué se refería.

—Ey… nadie lo sabrá si no se intenta. Yo creo que un Pachirisu, con el entrenamiento y los compañeros necesarios puede hacerlo.

—¿De verdad?

—¡Por supuesto que sí! —gritó el otro niño—. No por nada el señor Jun es el entrenador más fuerte de la región Hanja. ¿Sabías que es también una de las más competitivas del mundo? Se dice que los entrenadores top de la región son de los más fuertes del mundo. Y sí él dice que se puede es que se puede, ¿verdad, señor Jun?

—Ah… bueno, en realidad es que…

—¡Entonces entrenaré a Pachirisu y un día seré un auténtico Campeón Mundial!

—¡Pero eso no va a pasar porque Phanpy va a ser súper fuerte y te voy a ganar!

—¡Qué no!

—¡Qué sí!

—Niños…

Rato más tarde, despidió a sus huéspedes que, con una sonrisa de lado a lado, comenzaron a dar sus primeros pasos en su larga y emocionante aventura. Jun miraba el sendero que se encaminaba a la ruta que llevaba al Bosque Bunhen. Aunque los niños se perdieron en el horizonte, la mente de Jun seguía extraviada en otro lado.

Tiró un largo suspiro.

Y entonces se cuestionó si de verdad iba a funcionar.

Más temprano que tarde, Pachirisu se tendría que enfrentar a los monstruos de las leyendas. Rogó a todas las divinidades que conocía el no estar encaminando al pokémon a su inevitable destrucción.

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« Respuesta #3 en: 28 de Mayo de 2018, 06:49:50 am »
Capítulo 3: ¡Oye tú, ven! ¡Sígueme!​

Aquella sería la última noche que dejaría a Pachirisu dormir en su habitación, por la mañana la instalaría en el área reservada al equipo de combate. Por mucho que lo desease, no podía dejarla libre con el resto de su especie; a veces pasaban algunas disputas por comida o desacuerdos por el espacio que derivaban en pequeños combates. Una alteración mínima al programa de entrenamiento podía echar abajo el trabajo de meses.

Tenía la mirada puesta en la pantalla del ordenador, la única fuente de luz de la habitación. Cada semana se actualizaban los ranking locales y mundiales de todos los torneos en vigencia.

Como temía, esa tendencia iba al alza.

Recordó cuando recién salía de viaje montado en el Ponyta que le había otorgado uno de los investigadores de la región. No lo había elegido por esa creencia de que los tipos fuego eran los más fuertes, más bien era una necesidad: El área cercana a su casa comprendía un gran bosque donde los tipo planta y bicho eran los más abundantes. No se solían ver tipo fuego hasta las llanuras muchos kilómetros más adelante. Con Ponyta no sólo podría capturarlos fácilmente —ello le permitía obtener fácilmente a un tipo agua en los lagos cercanos— sino que le serviría como medio de transporte en donde se complicaba el terreno.

Solía procurar la opción lógica.

En aquel entonces, imaginar a un entrenador repleto de pokémon singulares era más a una fantasía que una realidad. Incluso, los que ostentaban los títulos de campeones no tenían en su arsenal más de una de esas criaturas mitológicas, acompañada de dragones temibles que habían evolucionado a paso lento junto a sus amos.

El último ganador de un torneo en Hoenn tenía un Zapdos. Nada extraño considerando que se consideraba una de las aves míticas en la no tan lejana Kanto. Dos meses atrás hubo otro participante también un Zapdos y Heatran. Y no sólo eso, el año pasado se había disparado enormemente la cantidad de entrenadores con hasta cuatro de esas bestias en su equipo principal. ¿Tanto estaba subiendo el nivel de los entrenadores?

Los llamados legendarios no sólo eran difíciles de obtener y de capturar, su crianza era casi imposible; normalmente se reproducían en condiciones muy extremas como dentro de lava ardiente o en el fondo oceánico. Además, era imposible hacer crías cruzadas lo que obligaba a, como mínimo, capturar macho y hembra de cada especie. Sin forma alguna de crianza, un pokémon de buen linaje podía llegar a vencer a estas criaturas que, aún bajo las órdenes de un amo humano, nunca reprimían su instinto salvaje.

Sencillamente no se podían obtener buenos ejemplares por medios comunes. Entonces, ¿por qué esa repentina elección de los entrenadores por presentarse con más de medio equipo de diamantes en bruto?

Lo peor es que casi todos ellos daban indicios de ser… perfectos.

La posibilidad de capturar un legendario perfecto era una en millones…

Dio un par de clicks más para revisar la lista de los pokémon más usados de la temporada: Kangaskhan, Garchomp y Talonflame. Carcajeó para sus adentros al ver que él no estaba haciendo tanta diferencia como pensaba. Continuó revisando y dentro del top diez no había ningún pokémon que un entrenador hábil no fuese capaz de conseguir por medios normales.

Era obvio que Pachirisu no estaba listado.

Tal vez ya estaba desvariando y analizar cosas a las tres de la mañana no era la mejor de las opciones. Apagó el equipo y se tumbó en la cama. Casi al instante, sintió la suave textura de su pokémon arrimándose en su hombro, encontrando así la tranquilidad que tanto necesitaba.



Pachirisu no estaba prestando mucha atención que digamos, ni cuando estampó el mapa en el piso ni cuando sacó el marcador para trazar la ruta.

No fue hasta que le puso enfrente la fotografía de un pokémon. Jun tuvo que presionar bien fuerte la cabeza de la ardilla cuando intentó comerse la foto.

—Ese es el pokémon del que te hablé, lo encontrarás aquí —dijo señalando la X del mapa—. Debes llevarlo aquí, aquí y aquí; en ese orden. No es demasiado rápido, pero es muy fuerte, evita a toda costa que te golpeé. ¿Entendido?

Pachirisu no se veía muy entusiasmada; después de todo, la posibilidad de salir volando a la otra orilla del jardín no era su idea de pasar un día de diversión.

—Entonces se lo pediré a Garchomp, ella es una chica muy obediente y seguro no tendrá reparo alguno en hacerlo.

Pachirisu infló sus mejillas como forma de protesta. ¡Ella no era ninguna inútil y no le gustaban las comparaciones!

—O tal vez se lo pida a Talonflame, seguro que se divierte un montón haciéndolo.

Antes de que su entrenador pudiese seguir provocándola, la pequeña orgullosa le arrebató la fotografía y la estampó con su pie poniendo una pose desafiante.

—Bueno, si tanto lo deseas —carcajeó el criador—. Eso sí, recuerda sólo usar el ataque que te expliqué.

La roedora marchó hacia unas enredaderas con bayas rojas tal y como marcaba el mapa. Hundió la cabeza y comenzó a mirar por todos lados, no le fue difícil dar con el pokémon. Era grande, peludo, tenía una barriga pronunciada y olía feo. Se encontraba rascándose y mascullando algo de viejas glorias pasadas. De nuevo, sin muchos ánimos, se colocó frente al pokémon, le dio la espalda y comenzó a agitar su cola.

En su idioma dijo algo como: “¡Oye tú, ven! ¡Sígueme!”

El pokémon ni siquiera se inmutó en ponerle atención y continuó con lo suyo. Esa vez decidió poner sus manitas a la altura de su cintura para intentarlo una vez más.

“¡Oye tú, ven! ¡¡Sígueme!!”

Esta vez abrió un ojo para ver qué era lo que estaba interrumpiendo su descanso. Tras no observar nada en el horizonte tuvo que bajar un poco la cabeza para divisar a la pequeña molestia. Bostezó y trabajosamente ladeó el cuerpo para voltearse y dejarse de preocupar por el asunto.

Molesta por la falta de atención, Pachirisu lanzó con toda la fuerza de su cola una de las bayas tiradas hacia la masa de grasa y pelo. La baya impactó justo en la cabeza…

Hay muchas cosas que se pueden mencionar de un Slaking enfurecido, como su enorme tamaño, lo ensordecedor de su grito y ni hablar de la descomunal fuerza que compite con la de los pokémon más fuertes. Claro está que Pachirisu no se fijó en ninguna de esas curiosas características mientras corría por su vida.

Más por instinto que por memoria, anduvo en línea recta hasta llegar al árbol señalado en el mapa. Pegó un buen brinco para trepar a la copa; estando ahí, dio un respiro pensando que con esa barrigota le sería imposible subir y atraparla. Sus pensamientos no estaban nada equivocados: un gigantón de mas de 130kg ni a cornadas de Seaking iba a poder trepar el árbol. Pero ese razonamiento tenía un pequeño fallo…

¿Quién necesita subir árboles cuando los puedes demoler con una ‘machada’?

Rogando a todas divinidades que en su árbol genealógico se encontrase algún Emolga, se lanzó al piso mientras su refugio temporal se venía abajo. Cayó sobre sus patitas sin mayor complicación y apenas sintió firme volvió a echar la carrera. Ya llevaba varios metros de ventaja cuando giró la cabeza y se encontró con la —muy agradable— sorpresa que el pokémon se había cansado y tumbado a los pies del extinto árbol.

Pachirisu tenía las suficientes neuronas como para saber que volver a molestar al pokémon no era una idea brillante, pero esto no se trataba de sentido común, sino de obedecer órdenes.

Aunque la verdad era que una parte de ella lo estaba disfrutando. Tal vez por eso Garchomp siempre sonreía mientras entrenaba. Eso o estaba loquita y no era consciente de lo que hacía. Al menos sospechaba que estaba mejor que Talonflame, que nunca se enteraba de nada y a todo decía que sí.

Tras dar un respiro, la pequeña volvió a ponerse frente al gorilón y repitió el procedimiento:

“¡Oye tú, ven! ¡Sígueme!”

Pero no se detuvo con eso, continúo meneando su cola una y otra vez, moviendo su cadera y su cabeza en un baile que resultaba hipnótico. Slaking intentó hacerse de la vista gorda, mas quedó prendado del movimiento de la ardilla. Fue así como sintió un enorme deseo por seguirle, seguirle hasta el fin del mundo si era necesario…

¡Y aplastarla hasta hacerla papilla!

De un salto, la mole se puso de pie y la persecución volvió a dar inicio. El siguiente tramo era un poco más largo que el anterior; si bien era cierto que el pokémon era lento, su enorme tamaño le permitía abarcar más espacio, por lo que no le quedaba más que correr a toda prisa. Avanzaron poco menos de trescientos metros cuando Slaking ya se mostraba agotado y poco interesado por continuar. Con todo el dolor de su corazón —y trasero— volvió a menear la cola para reavivar el deseo de perseguirla, cosa que hizo efecto.

Rodeó un enorme pedrusco con marcas donde Garchomp estuvo practicando con sus afiladas garras, Slaking no tuvo necesidad de dar la vuelta ya que le bastó un golpe para poder continuar en línea recta.

“¡Oye tú, ven! ¡Sígueme! ¡Oye tú, ven! ¡Sígueme!” Repetía a la par de mover su cola mientras corría y se preguntaba el ataque correcto para obligar a su amo a darle ese pastel que obviamente se había ganado por un entrenamiento tan suicida.

Finalmente llegó al último lugar señalado en el mapa: La orilla del estanque…

No recordaba ninguna indicación sobre nadar. En realidad, ni siquiera sabía nadar.

Se dio la vuelta y ahí estaba ese monstruo con cara de pocos amigos a punto de preparar un golpe. Pachirisu tuvo una pequeña sesión de recuerdos sobre su corta vida, que incluían pelotas de gomas, virutas de madera y la imagen de Gothitelle intentando darle un beso en la mejilla a Gardevoir mientras éste sólo gimoteaba que le daba pena.

Menuda vida desperdiciada…

Antes de que Pachirisu pudiese pensar en su epitafio, del estanque emergió Gyarados, imponente e intimidante. Y no sólo eso, su apariencia había cambiado significativamente: de su espalda emergieron unas enormes aletas escamosas y puntiagudas; mientras que la cresta sobre su cabeza se tornó negra como el carbón, como una corona oscura que la proclamaba el reina y tirana de los mares.

Su mera presencia, con esa mirada endiablada, le bastó al Slaking para gritar y salir corriendo cual Ratatta asustadizo.

Pachirisu se encontró con algo como salido de sus peores pesadillas, pero sabía que se trataba de su compañera y no tuvo dudas para dar otro estrepitoso salto para poder trepar sobre su cuerpo y darle un buen abrazo de agradecimiento.

Como solía ser costumbre, la Gyarados se limitó a bufar enfada lanzando un buen chorro de agua a los alrededores.

—¡Chicas, hicieron un buen trabajo!

Bajo ellas se encontraba Jun con un buen balde lleno de jugosas bayas. La ahora tipo siniestro inclinó la cabeza para estar a la altura de su entrenador. Podía tener un carácter un poco complicado, pero nunca dudaba en obedecer las órdenes que le encomendaban y se jactaba de ser una Gyarados que podía mantenerse firme ante la más cruda de las incertidumbres.

Ser un pokémon de apariencia temible tampoco significaba que no le gustasen los mimos o los bocadillos. Por desgracia, Pachirisu ya se había adelantando a zamparse medio festín, terminando con su paciencia y tomando a la ardilla por la cola para lanzarla por los aires y darle una buena lección.

Tal vez había perfeccionado ‘señuelo’, pero todavía le quedaba mucho por mejorar sus modales, se dijo el entrenador.

Plushy

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« Respuesta #4 en: 08 de Septiembre de 2018, 06:15:04 am »
Capítulo 4: PKHeX
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Cuando no se encontraba entrenando, a Pachirisu le gustaba explorar el “jardín”. Si bien es sabido que el tamaño del cerebro de la especie no sobrepasa el de una nuez grande y, a veces, no se acordaba de todos los inquilinos del lugar, la mayoría de estos ya tenían ubicada a la pequeña ardilla. No todos por buenas razones.

Pero de quien sí se acoraba, a parte de sus compañeros de “trabajo” era de un pokémon muy gracioso que vivía en uno de los cobertizos, uno tan grande que parecía una pequeña mansión. La mayor parte del tiempo la puerta se encontraba cerrada y sólo se abría para que su amo entrase con pokébola en mano y saliese cargando una canastilla de huevos. Cuando la curiosidad le era muy grande se acercaba; la mayor parte del tiempo escuchaba ruidos de lo más extraños, posiblemente producto de algún entrenamiento “especial” como al resto de los pokémon que ahí habitaban.

Una de las esquinas inferiores tenía una tabla rota con un agujero lo suficientemente grande como para poder entrar. Algunas mañanas iba a hacerle compañía ya que, según lo que le había explicado el pokémon, tenía prohibido salir de su refugio. El pokémon era de un tono azulado más claro que su pelaje, era pequeño y era como estar frente a un pudín viviente. Si le hacía cosquillas, todo su cuerpo se agitaba de un lado a otro, podía estirarse hasta alcanzar el techo y, lo mejor de todo…. ¡podría transformarse en un Pachirisu de cara chistosa!

Cuando los ruidos del cobertizo no eran ensordecedores, entraba a jugar con el pokémon. Ambos eran felices. Un día, entró y quiso que jugaran, pero el pokémon curioso parecía no sentirse bien; Pachirisu salió volando y regresó con una baya Zidra, diciéndole que con eso quedaría como nuevo y el pokémon le agradeció el gesto. Al día siguiente no parecía estar mejor: se encontraba casi inerte, con el cuerpo desparramado sobre la paja y una cara de amargura tremenda; salió tan rápido como el día anterior y esta vez trajo cinco bayas diferentes creyendo que simplemente estaba mal del estómago y alguna de ellas le haría sentirse mejor. Nuevamente el pokémon agradeció el gesto para quedarse dormido.

A la mañana siguiente, el pokémon no estaba ahí. Hubiese entrado antes pero su amo se le había ganado y no quería meterse en (más) problemas por husmear en un sitio al que explícitamente le había ordenado no entrar. Notó que el resto del día su amo se encontraba con los ánimos apagados y con la mente en otro lugar; con su poco tiempo de vida se había hecho a la idea de que amo no era alguien muy expresivo, pero sí una persona que sonreía de manera tierna y que infundía la clase de confianza que animaba a seguir adelante. Nada de eso pudo sentir ese día.

Fue al otro en que, pareciendo de mejor ánimo, lo encontró alistándose en su habitación. Entró por la ventana sin importarle nada más que verlo más animado. La miró por un momento y ella sonrió inflando los mofletes. Amo esbozó una sonrisa tenue y puso un dedo sobre su frente, presionando con un poco de fuerza.

—Saldré, pero no debes seguirme. Mi madre se quedará hoy a cuidarlos, hazle caso, puede ponerse peor que Gyarados si la hacen enojar.

Acto seguido, infló los mofletes a modo de protesta. “No, no y no, si amo no estaba bien ella debía animarlo. Además, quería saber a dónde se había ido su amigo”.

—Ni siquiera deberías estar aquí, pequeña traviesa. Ven.

La tomó por los costados, bajó por las escaleras, salió de su hogar y se dirigió hasta el lugar donde se encontraban el resto de sus compañeros. Garchomp se encontraba haciendo sus calentamientos diarios mientras que Gothitelle y Gardevoir intercambiaban ataques psíquicos (motivo por el cual el también tipo hada tachó de tramposa a su compañera por emplear ‘cosquillas’ para distraerlo). Al momento de que Jun llegó con la eléctrica, Talonflame aterrizó del árbol, con los ojos como mirando en diferentes direcciones y preguntando lo de siempre:

—¿Ya puedo hacer ‘pájaro osado’?

Todos voltearon a ver a su entrenador expectantes por la rutina diaria.

—Saldré un rato a atender asuntos. Por la tarde tendremos combates, la fecha se acerca y necesito saber si ya están listos.

Todos los pokémon lanzaron un grito de júbilo. Jun se dio la media vuelta para dirigirse hacia la cochera. Garchomp se sentía con ánimos de sobra como para entablar un combate amistoso en lo que el amo regresaba.

—Oye, Pachirisu, ¿te gustaría que peleáramos para pasar el tiem…? ¿Eh?

En donde debía haber una ardilla se encontraba una nuez mal puesta que rodó a los pies de la dragona.

“¿Y ésta cuándo aprendió ‘sustituto’?” pensó.

Jun ya había puesto en marcha el motor del vehículo para cuando Pachirisu entró con sigilo por la puerta del garaje para trepar hábilmente por una de las columnas de mármol y aventarse como Emolga a la parte trasera de la camioneta. Tras el improvisado aterrizaje, el vehículo comenzó su marcha rumbo a la capital.




Después de casi dos horas de viaje, Pachirisu aún se encontraba rebosante de energía tras haber disfrutado de su primer viaje fuera de casa, sin pensar en lo mal que la hubiese pasado por insolación de no haber estado parcialmente nublado o del infarto que le hubiese dado a su entrenador tras percatarse por el retrovisor. Bajó de un salto para esconderse debajo del vehículo, su amo abrió la puerta y colocó una mochila de viaje en el suelo mientras terminaba de asegurar el volante. Tan pronto el objeto tocó el suelo, Pachirisu procedió a inspeccionar por aquí y por allá hasta que encontró una abertura en la parte superior. Dentro, todo estaba oscuro y sentía algo similar a las virutas de madera de su corral, pero mucho más alargadas y gruesas; de pronto, sintió un movimiento brusco y el rebote de las pisadas.

Lo que no pudo ver era el lugar donde se encontraban: el estacionamiento de uno de los Centros de Investigación Pokémon más grandes de Hanja y el mundo entero. Jun ni siquiera había entrado por completo al edificio cuando una de las asistentes ya lo estaba atendiendo; peor aún, bastó con que mencionara su nombre para que la señorita lo tratase como a la realeza, es decir, como alguien de mucho dinero que seguramente estaría interesado en los diversos servicios que tenían disponibles.

—Yo… estoy buscando al Profesor Feng. Jeon Feng.

La alegre sonrisa de infomercial de la señorita cambió su tono, uno lo suficientemente preocupante como para hacerlo sudar en frío por unos instantes.

—Oh, entiendo. Déjeme ver si el Profesor se encuentra disponible, le diré que un cliente ha venido a verle.

Se sentó en una fría silla del salón principal esperando a que lo atendieran. Si era sincero, no era un lugar donde realmente deseara estar. La primera vez había acudido por recomendación de un amigo suyo, cuando decidió dejar de viajar para dedicarse a la crianza de tiempo completo.

“Pregunta por el profesor Feng para pokémon de crianza. Eso sí, lleva dinero”.

El primero que consiguió lo dejó todo el año sin poder hacer gastos extras, pero debía reconocer que gracias a ese pokémon logró recuperar rápido su inversión, hasta le pasó la ridícula idea de poderse hacerse rico.

Apenas había dado su primer paso en el verdadero mundo de los combates competitivos. En otras palabras, se acababa de meter en la boca del Mightyena sin saberlo.

La suerte evitó que la historia de Pachirisu terminara en aplastamiento dentro de una mochila a causa de la ansiedad de su entrenador gracias a que la asistente llegó en el momento justo. Al pedirle que pasara (con las medidas de seguridad que el ya sabía), tomó la mochila y fue escoltado hasta el área de “sólo personal autorizado”.

El lugar, oscuro y ruidoso por la ventilación, contrastaba enormemente con la pulcritud, los enormes vitrales que dejaban pasar toda la luz y el movimiento de la gente del frente del edificio. Observado únicamente por el ojo de las cámaras de seguridad, continuó por un estrecho pasillo hasta toparse con unas escaleras. Debajo, un hombre no muy alto de lentes y cabello negro azabache, con una simple playera gris y un pantalón desgatado le esperaba.

—Señor Park, no lo esperaba tan pronto… ¡Ah, que el Torneo Mundial ya casi empieza! Parece que por fin ha tomado una sabía decisión respecto a la última propuesta que le realicé. Debo decir que últimamente he tenido muchos clientes, quizá más de los que me gustaría. Más dinero, más trabajo y esta espalda no está para esos trotes, ¿sabe?

—Yo… sólo vengo por un Ditto… de los de crianza.

El profesor se acomodó los lentes, haciendo cálculos mentales que le nublaban la mente como para darse cuenta de lo incomodo que se encontraba su cliente. Por no decir que ese detalle lo tenía muy sin cuidado.

—Oh… ¿cuándo fue el último? ¿Seis meses? Humm, debió ser uno de la serie DP, pero le garantizo que la nueva serie XY es mucho más duradera para su… uso rudo.

Algo dentro de Jun se contrajo al escuchar cómo aquel hombre reducía a los pokémon a ser un mero artículo de inventario.

Pero él no tenía ningún derecho a reclamar. No siendo consumidor de la mercancía.

Feng le hizo la señal para que entrara en su despacho, no sin hacerle una pequeña aclaración:

—La serie XY no se limita a Dittos, si le interesa…

Pachirisu escuchó la puerta cerrándose; tras una serie de vaivenes, todo se detuvo. Asomó la cabeza con sumo cuidado y pudo ver a su amo hablando con otro humano hablando de algo. El lugar le pareció de lo más extraño: estaba oscuro y olía chistoso. Siguió olfateando hasta que pudo percibir algo que debía ser comestible y siguió a su nariz hasta toparse con un ducto de ventilación por donde se adentró.

El rastro llegaba a otra habitación que tenía una mesita con una especie de vaso de plástico del que humeaba algo. “Sopa”, pensó Pachirisu cuando trepó hasta ella y procedió a sumergir su cabeza en ella…

La peor decisión de su vida.

Sabía a algo que había babeado Slaking y estaba insalubremente salado. ¡Nada que ver con las deliciosas meriendas que preparaba la madre de su amo para ella y el resto del equipo!

Pensó en regresar con su amo, pero antes de bajar de la mesa vio algo que le llamó la atención. Había un artefacto extraño lleno de manguerillas y luces sobre una gran plancha de metal con una pantalla al frente, un “televisor”, como parecía que su amo le había llamado una vez. Y a un costado de esa máquina había un gran tubo de vidrío que contenía a un pokémon. Uno que le resultaba familiar.

Era casi idéntico a su amigo “estirable” salvo porque ese era rosa en vez de azul. A lo mejor estaba resfriado y ahora que ya se encontraba bien había cambiado de color. Saltó de la mesa hasta la plancha y corrió hasta el extremo que daba al tubo.

Pachirisu no sabía leer, ni mucho menos podía identificar grifos bajo sus patas. Y de haber sabido, ninguna de las palabras que tenía la máquina hubiesen tenido el menor sentido para ella:


PkHeX prototype 20180128

SAV DATA SLOT​

Pachirisu chilló para llamar la atención del pokémon, pero al notar que no lo escuchaba, procedió a dar golpecitos en el tubo. El pokémon alzó la vista para verle.

“Eh, sal de ahí, vamos a jugar”.

El pokémon ladeó la cabeza… o la parte de su gelatinosa masa que podía interpretarse como una cabeza. Se estiró por el tubo a la altura indicada. El pokémon se onduló felizmente, haciendo que Pachirisu bailara y moviera sus patitas en señal de que también quería jugar.

“Si tan sólo supiera cómo sacarte de ahí…”

Si el tubo estaba conectado a esa ‘cosa’, algo de eso debía funcionar para quitar la barrera protectora, así que decidió oprimir todos los botones, saltando de uno a otro.

La pantalla se encendió; a continuación, saltaron un montón de letras:

Please, entry SAV DATA…

Please, entry SAV DATA…

Please, entry SAV DATA…

Error, no SAV DATA found.

Error, no SAV DATA found.

Proceed anyway?

Confirm option…

La pantalla se fue a negro, con un par de letras rojas y una barra de carga que empezaba en 0%...

1%

El tubo comenzó a energizarse con el pokémon dentro.

5%

Una serie de rayos impactaron al pokémon. Pachirisu chilló de horror al ver lo que estaba pasando y comenzó a taclear su cuerpo contra el cristal, pero ninguno de los golpes parecía tener efecto. Sabía electrificar su cola como un eficaz su escudo, sabía cómo hacer que otros pokémon le siguiesen, pero nada de aquello le serviría.

19%

Estaba tan asustada que ni siquiera se le había ocurrido que sus colmillos podían ser la solución. Intentó clavarlos, pero parecía inútil, toda su práctica se había centrado en morder a otros pokémon en alguna extremidad, nunca algo de ese grosor.

43%

Aunque no podía escuchar los gritos de dolor del pokémon, la forma tan horrenda en la que se retorcía, expandía y contraía como si fuese a explotar terminaron por afectarle: tenía el estómago revuelto, los pelos erizados y un terrible sentimiento de culpa carcomiéndole desde dentro.

87%

El tubo se había iluminado por completo sin dar ninguna señal de romperse o abrirse. Oyó pasos. Tuvo miedo, por primera vez en su vida conocía el miedo y no existía cosa peor en el mundo que aquello. Entre temblores y lágrimas comenzó a dar pasos hacia atrás hasta echarse a correr como nunca hasta el ducto de ventilación.

Feng bajó despreocupadamente por las escaleras y giró en dirección de la mesa ya que al frente se encontraban una serie de estantes con varias pokébolas.

—Ah, mierda, ya debió de haberse enfriado. No importa que el presupuesto de para más, me gusta demasiado esta basura como para dejarla.

Medianamente decidido a terminar de comer y dejar a su cliente esperando un rato (¡Culpa suya por haberlo interrumpido! ¡Debía saber que era un hombre ocupado y la hora de la comida no era un lujo que siempre se pudiese dar!) cuando miró momentáneamente a la pantalla y dejó caer los insípidos fideos al darse cuenta que el aparato estaba encendido… ¡y con un mensaje de error!

—¿Volví a dejar esta mierda encendida? Joder…

Echó un vistazo al tubo… y sólo soltó un gesto de desagrado.

—Por estas cosas agradezco que el Centro me de ayudantes, yo no voy a limpiar eso… Bueno, mi almuerzo de arruinó… Nota mental, cobrarle el insumo de la sopa… que sea una dotación de sopas, sí.

Hizo un par de estiramientos flojos antes de volver a poner su mirada sobre los estantes.

—Menos mal que sólo era de los de “prueba”, si hubiera sido de los buenos… Brr… ni pensarlo. En fin… ¿Dónde dejé a esas putas de 6 ivs?

Tras varios minutos más de intranquilidad, Feng regresó con una pokébola en mano y un papel en otra. Jun ya sabía de qué se trataba. Cada que tenía que firmar uno de esos acuerdos de confidencialidad se sentía tan sucio…

—Espero que comprenda que estos modelos son mucho más durables, pero también más costosos. No es cosa mía, señor Park, usted como administrador de un Centro de Crianza mejor que nadie debe saber que los insumos y la investigación cuesta. Es… por el bien de la investigación científica… y de la comunidad, ¿no le congratula saber que está contribuyendo a mejorar la escena competitiva, señor Park?

Jun se limitó a entregar el contenido de la mochila y muy gustosamente Feng se puso a contar los fajos de billetes. Tan pronto quedó la transacción realizada, Jun casi le arrebató de la mano la pokébola con visibles intenciones de irse lo antes posible e intentar pasar el resto de la tarde con sus pokémon, lejos de ese mundo nefasto y corrupto del que quería escapar mas no podía.

—Ah… antes de que se olvide, debo recordarle que… —al no ver interesado a su cliente, carraspeó un poco. Vaya chico, de no ser porque era uno de los entrenadores con más influencia de la región ya le estaría dando una tunda a ver si aprende algo más de modales— aún con ese método la posibilidad del ‘inmejorable’ sigue siendo baja. 1/683 para ser más exactos.

—Lo sé… —murmuró sin detener su marcha.

—También que los nuevos clientes ya están probando los últimos modelos. Posiblemente algunos de ellos vayan a participar en el Torneo Mundial.

Las intenciones de aquel hombre estaban más que claras, pero no iba a dejarse intimidar por nada.

—Gracias, pero ya tengo el equipo de este año.

—Ah, por último, y sólo porque me cae bien —dijo de dientes para fuera—, le diré otra cosa, llámelo una corazonada, pero… ya le digo que los Landorus-Therian son el futuro, con tanto Zapdos andando por ahí… y podía dejarle uno a un precio razona…

El azote de la puerta le había cortado su oferta de negocios.

—Bah, que se lo joda un Garchomp.

Bajó nuevamente al sótano, esta vez encendiendo el complejo de luces. En un alejado rincón que había pasado desapercibido por Pachirisu, se encontraba una cámara de criogenización: una especie de refrigerador industrial que contenía decenas de “latas”, todas ellas con la leyenda SAV DATA y el nombre de un pokémon.

Casi todas mencionaban algún “singular”.

Busco precisamente una con el nombre del singular tierra-volador. Con mucho cuidado, procedió a abrir con la herramienta adecuada; en su interior se encontraba lo que parecía un colmillo lo suficientemente grande como para ser considerado parte de una mandíbula.

Nada de eso asombraba o conmovía a Feng. Mucho menos le causaba arrepentimiento alguno.

Cerca del dispositivo principal se encontraba un aparato de radiocomunicaciones. Oprimió un botón y comenzó a hablar.

—Oye Yook, mándame a uno de tus chicos al C-45. Mándalo con instrumentos de limpieza y, por favor, pídeles no vomitar esta vez, ¿de acuerdo? Gracias.

Al terminar, se dirigió a un estante diferente, uno mucho más grande, con cientos de pokébolas apiladas una encima de otra. Arriba del todo, había un letrero:

Material de prueba.

—Y bien, ¿quién de ustedes se convertirá por fin en mi inmejorable?




Jun se encontraba en el estacionamiento y a unos cuantos pasos de su camioneta cuando algo, como salido de la nada, casi se le impactó en el rostro. Por inercia se cubrió hasta que pudo ver de qué se trataba.

—¡¡¿Pachirisu?!! ¡¡¿Pero qué…?!!

Muchas cosas le pasaron por la mente en ese momento y no sólo era la duda de cómo había llegado ahí, eran cosas mucho más aterradoras: ¿Y si en ese rato de descuido se había peleado con otro pokémon y había aprendido (y olvidado) un ataque? ¿Y si sus estadísticas habían cambiado a raíz de ese combate? ¿Y si se había lastimado de gravedad y ya no podía participar en el torneo?

Estaba espantado y genuinamente preocupado. Pero también sentía coraje porque le había desobedecido y puesto en riesgo una labor en la que llevaba meses. La misma labor que lo tenía ahí mismo consiguiendo Dittos variocolor inmejorables, cosa que en la naturaleza era tan ridículamente difícil que sucedería que, de hacerlo, se podía considerar un verdadero milagro.

Todo porque sabía que no existía otro modo de poder sobrevivir en ese mundo donde la más mínima variación de fuerza, defensa o velocidad significaba la gloria o la derrota definitiva.

Y si quería cambiar algo de ese mundo, tenía que hacerlo jugando bajo esas crueles reglas.

A punto de darle el regaño de su vida, notó que no estaba bien. Pachirisu se encontraba llorando descorazonadamente, restregando su pequeña cabeza en el pecho de su entrenador e intentando usar su cola para darse consuelo a sí misma.

Sintió que el mundo se le venía abajo. Sin pensarlo más, tomó con delicadeza a su pokémon al interior del vehículo y manejó a toda prisa al Centro Pokémon de la ciudad.




Casi tan rápido como la eléctrica había ingresado a revisión, regresó dentro de su pokébola a manos de Jun.

La enfermera no se veía preocupada y más le espantaba la ansiedad del dueño que el pokémon que había revisado.

—Su pokémon se encuentra en perfecto estado de salud, algo conmocionado eso sí.

—Pero, ¿qué fue lo que le pasó?

—Posiblemente se haya espantado, si estuvo fuera de su pokébola posiblemente debió impresionarse por un coche o un pokémon grande. Estos pokémon suelen estresarse al ver a algún depredador.

Decidió no ponerse a discutir que su Pachirisu no podía estar más feliz a lado de pokémon como Garchomp o Gyarados y que si creía que esa era la causa de su terrible estado más le valía ir buscando otra profesión. Agradeció de forma tajante para salir del Centro.

Ya dentro de la camioneta, decidió sacarla de la pokébola porque sabía que no le gustaba estar encerrada. Al parecer le habían suministrado algún calmante porque se encontraba profundamente dormida. Aún así, algo parecía seguirla molestando en sus sueños y no deja de lagrimear.

A Jun no le faltaba nada para que también se le saliesen las lágrimas.

—¿Qué se supone que debo hacer contigo, pequeña?

Las dos horas de trayecto a casa terminaron por volverse las más infernales en su carrera como Entrenador Pokémon.