Autor Tema: [Relato] Noche Vieja.  (Leído 472 veces)

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Mistah Jack

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[Relato] Noche Vieja.
« en: 30 de Diciembre de 2013, 12:32:23 am »
Cuando llegó, la casa se hallaba toda adornada con boas plateadas y moradas, incluso con muérdago encima de la puerta. Tras dejar su abrigo en la cama de su tía, llegó al salón, donde saludó a sus familiares, algunos del pueblo, otros lejanos. Observó por un momento el gran árbol que se habían dedicado a decorar sus abuelos, y sin apartar la mirada de éste, se sentó junto a su abuelo, el cual estaba, como todos los años, contando chistes a los demás. Sus tíos y primos estaban allí: algunos escuchaban intrigados al anciano patriarca, el cual presidía la mesa, expectantes por el final del chiste; otros, charlaban entre ellos, mientras comían un trozo de queso y bebían algún refresco o cerveza. Alguno que otro se levantaba y ayudaba a las mujeres, las que se dedicaban a preparar las bandejas de comidas y la carne en la cocina, llevando los platos de un lado a otro y recogiendo los vacíos. Pensaba que ese aspecto era un tanto machista, pero no había escuchado réplicas, y hasta su propio padre ayudaba en la cocina, por lo que realmente todos aportaban algo.
 Mientras seguía absorto en sus pensamientos, escuchaba a sus primos pequeños en una habitación chillando y armando jaleo, con algún lloriqueo espontáneo. Solían tirarse entre los abrigos de los demás. Qué fácil es contentar a un niño pequeño, se dijo.
 En ese momento, una voz femenina pero dura, como si de una Hitler se tratase, hizo que esos gritos juveniles se convirtiesen en rápidas pisadas hacia el comedor, donde se encontraban todos los mayores, y se sentasen en una mesa aparte. Una vez todos los platos se hubieron servido, todos, incluido él, comenzaron a degustar el lomo a la pimienta, clavando sus tenedores de plástico torpemente en la carne, las cual era dura de penetrar. Tras esto, comenzaron a traer algunos dulces y frutas variadas, lo que obligaba a los niños a quedarse un rato más, llenando sus ya manchadas camisas de migas de polvorón y tortas.
 La luz de la cocina y del pasillo se apagó, y el abuelo, que se podía decir que dirigía todo el cotarro, agarró el mando de la televisión y pulsó uno de los botones, apareciendo ahora en la caja tonta dos señores: una mujer de vestido blanco y largo, y otro hombre trajeado, los cuales sostenían en sus manos un racimo de uvas. ¡Ya va a comenzar, ya va a comenzar!, se escuchaba. Toda la familia sostenía ya en sus manos 12 uvas, algunas incluso peladas, para facilitar el almacenarlas entre sus mofletes.
 Primero, los cuartos. Algún despistado se metía ya una en la boca, lo cual daba lugar algunas risillas entre los espectadores. Ahora, ahora. Una campanada. Dos campanadas. Tres campanadas. Cuatro campanadas... En este tránsito, algún gracioso ponía cara raras para provocar que los demás se atragantasen. Cinco campanadas, seis campanadas, siete campanadas, ocho campanadas... Algunos estaban ya con tres cuartos de su boca llena, y comenzaban a tener una tonalidad rojiza en sus rostros. Nueve campanadas, diez campanadas... ya se acerca el momento... once campanadas. Doce campanadas.
 Su ensoñamiento desapareció. Miraba el suelo, mientras masticaba las reducidas uvas, realizando una pequeña mueca de asqueo. Esa última uva estaba amarga, se dijo. Pero no era lo único amargo en esa escena. A su alrededor no había nadie, más que una hormiga que cargaba una miga de pan, derecha a compartirla con sus compañeras. La estancia se iluminaba con algunas velas, casi consumidas ya, y que poco a poco se debilitaban. La televisión estaba apagada, y a su alrededor batallaban cables con espadas de cobre, enredadas unas con otras, y esparcidas por el suelo. El único sonido que llegaba allí era el de unos vecinos de juerga, pues ya había comenzado el nuevo año.
 Poco a poco se iba recobrando de ese recuerdo, tan amargo ahora como esa última uva. Giró un poco su cabeza hacia las zonas alumbradas, percibiendo así su total soledad. Una corriente fría entraba por una ventana semiabierta, la cual corrió a cerrarla, mirando antes por esta. La calle tenía un carácter tan, si no más lúgubre que el de su casa, si es que se le podía llamar casa. Llovía a cántaros, y el viento golpeaba con fiereza el cristal. Decía que una casa con una sola persona no era casa. ¿Qué era aquello, pues?
 El frío viento había apagado algunas velas, quedando ya sólo una mecha candente, la cual se resistía vagamente a morir. Se apresuró a quitar el plato, el cual sólo tenía algo de aceite del atún enlatado que había comido, y lo dejó en la cocina a duras penas, tanteando en la oscuridad del lugar. Volvió junto a la luz de la única vela, y entrecerrando las manos e hincando los codos en la mesa, posó su cabeza en ellas. Miró a un polvoriento suelo. ''Miró''. Realmente no estaba mirando lo físico, sino lo que encontraba dentro de su mente. La soledad le asolaba, mirase donde mirase. Suspiró por un momento, y observó la pistola apenas alumbrada en un lado de la mesa.
 Fue entonces, el momento en que su mano se apresuraba a cogerla, cuando la última vela se apagó.