Autor Tema: [Fanfic] Memorias de un Entrenador  (Leído 1047 veces)

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Daedalus

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[Fanfic] Memorias de un Entrenador
« en: 06 de Febrero de 2013, 05:35:52 pm »
Bueno, recién registrado en el foro y ya estoy con mi primer Fanfic xD. Tenía ganas de escribir una historia y es en gran parte gracias a esto por lo que me he animado a entrar en la comunidad. Espero que os guste

Tema para los comentarios aquí: http://www.pokexperto.net/foros/index.php?topic=36796.0

Podéis comentar lo que queráis, dudas y sugerencias y demás.
« Última modificación: 06 de Febrero de 2013, 10:27:12 pm por Daedalus »


"A menudo la única forma de conseguir algo es sufrir esforzándose" ==>  Memorias de un Entrenador http://www.pokexperto.net/foros/index.php?topic=36795.0

Daedalus

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Re:Memorias de un Entrenador
« Respuesta #1 en: 06 de Febrero de 2013, 05:38:16 pm »
Capítulo 1


   Mi vida era completamente normal hasta el día que comenzaron las vacaciones de verano, o todo lo normal que puede ser para alguien tan enganchado al mundo pokémon como yo. A mis dieciséis años tenía todos los conocimientos que una persona podía tener para ser un maestro pokémon. Dedicaba buena parte de mi tiempo libre a estos videojuegos, investigaba nuevas combinaciones, participaba en torneos online y, en general, tenía una posición bastante destacada en esta comunidad integrada por personas tan amantes de estos monstruitos como yo.

   Claro que en ningún momento pensé que pudiera volverse realidad.

   Volviendo al principio, aquel día de finales de junio acababa de salir del instituto tras acabar la última clase que me quedaba antes de las vacaciones. Mis notas no habían sido como para tirar cohetes, pero por lo menos no tendría que volver en el mes de septiembre para recuperar nada. Eso significaba que tendría tres largos meses por delante para dedicarlo a mi pasatiempo favorito. La mera perspectiva me hacía feliz.

   Mi instituto era un edificio antiguo, casi decrépito. El patio no era nada del otro mundo, con sus porterías oxidadas y el césped luchando por abrirse paso entre el hormigón. Tenía dos salidas, la de abajo, que daba directa a la calle, y otra por la parte de arriba, que permanecía cerrada todo el rato con un candado oxidado y que nadie utilizaba. Nadie excepto yo. La parte norte limitaba con un descampado que muchos años antes había albergado materiales de construcción, quizás para construir el mismo instituto que tenía al lado, pero que en la actualidad solo conservaba dos pequeños montones de arena, perdidos entre metros y metros de vegetación. Los hierbajos parecían árboles, y los árboles se alzaban de vez en cuando tapando la luz del sol. De hecho, más que un descampado parecía un bosque. No tenía ningún sendero definido y las silvas aparecían cada pocos pasos para pinchar las piernas de los que se atrevieran a entrar. Ni siquiera los animales se habrían sentido a gusto allí.

   Sin embargo, tenía prisa, y mi casa quedaba al otro lado de la manzana, justo al contrario de la salida sur del instituto. Una persona razonable habría considerado que dar la vuelta a la manzana constituía un esfuerzo mucho menor que el que tener que tirar la mochila al otro lado de la verja de hierro, saltar y abrirse paso ante la salvaje vegetación. Una persona razonable.

   Pero a mí me gustaba aquello. El bosquejo me recordaba a los propios paisajes de mis videojuegos favoritos. Era un lugar casi mágico. Lo cruzaba todos los días, tantas veces que hasta podría haber cavado mi propio sendero en el suelo. Estaba tan acostumbrado a atravesar la vegetación que me abría paso entre la maleza sin tener que pensar siquiera donde ponía los pies. Aquello me dejaba la mente libre para otras cosas más importantes. En aquel momento, justo antes de que mi vida diera un giro radical, mi mayor problema lo constituía un Nidoking. Nidoking, mi pokémon favorito, y sin embargo todavía no me había animado a entrenar a ninguno. A pesar de su aspecto fiero, no era de los más poderosos. No podría hacerle frente a un Salamence o a un Tyranitar. Sin embargo, tenía un amplio abanico de movimientos diferentes, lo que hacía posible una gran variedad de estrategias diferentes. “Si lo entreno bien, podría competir al mismo nivel que un legendario” pensé, mi último pensamiento razonable antes de que…

   La primera señal fue un golpe de viento. Nada inusual, a pesar de que había sido un día caluroso y tranquilo hasta entonces. Lo segundo fue un ruido, como un trueno. Sonó como si alguien hubiera partido un tronco por la mitad. Y justo después apareció delante de mí, de un salto. Un Charizard.

   Probablemente no haga falta ni que os lo describa, pero tenéis que saber que aquella criatura no era como las caricaturas que salían de la pantalla de mi videoconsola. Aquel era un Charizard de verdad. Su cuerpo estaba cubierto de escamas, naranjas como el sol del atardecer. Las membranas de sus alas eran del mismo color verde oscuro, casi negro, e incluso en la punta de la cola ardía furiosamente una llama. Una persona que no hubiera oído hablar nunca de pokémon lo habría tomado por un dragón.

   El Charizard inclinó el cuello hacia delante para enfocar sus ojos en los míos. Sus pupilas eran dos rendijas, estrechas como las de un gato. Un palmo separaba mi rostro del suyo. Resopló, y una ráfaga de aire ardiente me azoto la cara. Hasta el momento no me había movido ni un milímetro del sitio. Estaba paralizado. La impresión del momento podía conmigo.

   Entonces el pokémon de fuego volvió a echar la cabeza hacia atrás y rugió, un sonido tan fuerte que me retumbó en el pecho. Desplegó las alas y las agitó hacia adelante a la vez, provocando una violenta ráfaga de viento que me tiró dos metros hacia atrás. Aterricé de espaldas al suelo y resbalé unos centímetros más hacia atrás hasta darme con la cabeza contra un árbol. Me incorporé a pesar del dolor, demasiado asustado para notarlo. El Charizard volvió a resoplar, dejando escapar pequeñas llamas por las fosas nasales, y dio un paso hacia delante. No hacía falta que me lo dijeran. Aquel Charizard quería matarme, comerme, o quizás algo peor. “Qué irónico, me va a matar un pokémon” fue lo único que acerté a pensar.

   Fue en ese momento cuando oí la voz por primera vez, aunque no alcancé a escuchar lo que decía. Una esfera, roja y blanca, surcó el cielo entre los árboles hasta interponerse entre el Charizard y yo. “¡Una Pokéball!” pensé, sorprendido. La esfera se abrió con un chasquido, dejando escapar de su interior un haz de luz blanca. La luz se concentró entre los dos, aumentó de tamaño y fue tomando forma. Una figura grande, ovalada, con patas y brazos cortos, una especie de caparazón y dos cañones a la espalda…

   ¡Era otro de ellos! Esta vez un Blastoise. Estaba de espaldas a mí, pero su figura era irreconocible. El Charizard no parecía nada contento de verlo. Rugió una vez más, abrió las fauces y lanzó una gruesa legua de fuego contra la gran tortuga. El Blastoise Se dejó caer hacia delante y se refugió en su caparazón en un abrir y cerrar de ojos. La corriente de fuego del Charizard se estrelló contra la resistente coraza como una tormenta ígnea. Incluso con el Blastoise en medio, podía notar el calor abrasador de las llamas. El Charizard mantuvo el lanzallamas durante unos segundos más. Entonces cerró las fauces y el flujo de fuego se detuvo de repente. Una vez más escuché la voz entre los árboles, una voz de mujer, y en esta ocasión logré distinguir lo que decía.

   __¡Hidro bomba!

   El Blastoise volvió a salir de su caparazón tan rápido como había entrado. Se incorporó sobre las cuatro patas, alzándose apenas unos centímetros sobre el suelo. Los cañones de su espalda produjeron un sonido metálico cuando apuntaron al pokémon de fuego. Sonó un estallido, y una tromba de agua manó con violencia hasta estrellarse contra el vientre del Charizard. La fuerza del ataque era tal que lo propulsó varios metros hacia atrás, destrozando ramas y arbustos a su paso. El Charizard rugió y pataleó, de espadas sobre el suelo, pero antes de que se pudiera incorporar, una segunda pokéball surcó el aire hacia él. La esfera impactó contra su cabeza, se abrió, y lo engulló como un haz de luz roja antes de caer al suelo. La vi agitarse una, dos, tres veces. El botón del centro emitió un último resplandor rojizo y la pokéball se detuvo.

   Transcurrieron unos instantes de repentino silencio. Yo, con la espalda pegada al tronco del árbol contra el que me había golpeado la cabeza momentos antes, sin poder apartar la vista del enorme caparazón que tenía ante mí. El Blastoise soltó un bramido, y se puso de pie sobre las dos patas traseras con un impulso. Resultaba impactante ver moverse una mole tan grande. Entonces giró el cuello hacia mí y sentí un escalofrío. Al contrario que el Charizard, parecía muy tranquilo. Sin embargo, sus ojos acuosos tenían un brillo inteligente que  me intranquilizó. Era casi como mirar a otra persona a los ojos.

   Volví a oír un ruido entre la vegetación, y la entrenadora del Blastoise apareció. Era una mujer joven, probablemente no llegase a los treinta años. Llevaba el pelo liso y negro recogido en una cola de caballo, gafas redondas de cristales finos tras las que brillaban dos ojos castaños, y vestía una bata blanca de laboratorio. La mujer recogió la pokéball que contenía al Charizard y se la guardó en el bolsillo con un suspiro. Luego se giró y caminó hacia el Blastoise. No me había visto aún. El enorme cuerpo del pokémon tortuga ayudaba a ocultarme.

   __Buen trabajo, Blastoise __dijo. El pokémon asintió y emitió una especie de chasquido. Pude observar un haz de luz roja envolvía su cuerpo antes de que la esfera que la mujer llevara en la mano lo engullera.

   Fue entonces cuando me vio por primera vez. Abrió mucho los ojos tras las gafas, sorprendida, aunque seguramente no más que yo.

   __¿Qué haces tú aquí? __me preguntó. No se me ocurría nada que decir. Bastante lógico teniendo en cuenta que acababa de presenciar un combate entre dos monstruos de un videojuego.

   __Yo… __fue todo cuanto alcancé a balbucear. La mujer volvió a suspirar, se subió las gafas con el índice y sacudió la cabeza de un lado a otro.

   __Lo has visto todo, ¿verdad? __no esperó a que lo contestase__. Demonios, hacía mucho tiempo desde la última vez… Normalmente no suele pasarnos estas cosas, pero algunas veces aparece un pokémon que puede abrir por sí mismo el portal y si no llegamos a tiempo… alguien ve algo que no debería haber visto…

   “Estoy soñando”. En aquel momento era la única explicación racional que se me ocurría. Me di una palmada en la cara y noté como la mejilla me hormigueaba bajo la mano. “No, estoy despierto, pero…”

   __¿A qué portal te refieres? __pregunté casi sin darme cuenta.

   __Al portal que lleva al mundo pokémon, por supuesto __contestó, como si
fuera lo más normal del mundo.

   __Pero los pokémon no existen. Ese Blastoise y aquel Charizard… se supone que es sólo un videojuego.

   La mujer me sonrió.

   __Ah, así que los conoces. Eso nos ahorrará tiempo. Ven conmigo.
   Y sin decir una palabra más echó a andar entre la vegetación. Yo la seguí, sin saber muy bien por qué. Todavía estaba muy confuso y me carcomía la curiosidad. Tenía tantas preguntas en mi cabeza que no sabía cuál formular primero.

   __Perdona que no me haya presentado todavía __dijo, caminando delante de mí__. Soy la Profesora Cristina, o Cris si lo prefieres, investigadora pokémon.

   __Yo Derek __respondí automáticamente__. Estudio en el instituto de aquí al lado.

   __¿Ah, sí? __Cris volvió la cabeza hacia mí__. Dime, estamos en España, ¿cierto?

   __Sí

   __Pero hablas inglés.
   Claro, ni siquiera me había dado cuenta por la impresión. La científica había estado hablando en inglés todo el rato y le había contestado en el mismo idioma, prácticamente sin darme cuenta.

   __Mi madre era enfermera en Inglaterra antes de conocer a mi padre. Me crié con los dos idiomas __aclaré, y fruncí el ceño. Debería ser yo el que hiciera las preguntas.

   __Eso facilitará las cosas __Cris sonrió__. En nuestro mundo la lengua común es el inglés, así que no tendrás problema para comunicarte y de paso me ahorras trabajo. Mi español es horrible.

   Dijo la última frase con un acento latino desconcertantemente sensual.

   __¿El mundo pokémon? ¿Me vas a llevar allí ahora?

   Todavía no me lo acababa de creer. La profesora pokémon se colocó a mi lado. Por debajo de la bata blanca llevaba un jersey delgado de color rojo. Sacó por el cuello un colgante, unido por una delgada cadena alrededor de su cuello. Era un prisma de cuatro caras terminado en punta, que emitía un pequeño resplandor violáceo cada vez más intenso.

   __Esto es un prisma elemental. Crecen de forma natural en las cuevas de Aurora, a partir de otros minerales. Reciben la radiación que emiten los pokémon que habitan en ellas, lo que los científicos llamamos ondas PQ, que es lo que permite abrir el portal que comunica nuestro mundo con el tuyo. Fíjate como aumenta su brillo __el resplandor del prisma aumentaba por momentos__. Eso significa que nos estamos acercando a una zona donde el tejido es más fino. Fíjate, es aquí.

   Nos detuvimos de golpe, en medio de ninguna parte. Aquella zona no parecía tener nada de especial. La vegetación era prácticamente igual en todo el descampado, salvo en los bordes cercanos a la carretera. Cris agarró el prisma con una mano y lo extendió unos centímetros frente a su rostro. El mineral empezó a vibrar tan fuerte que me zumbaron los oídos.

   Sucedió de repente. Una corriente de aire inundó el descampado, echándome hacia atrás, y el portal se abrió. Era una especie de círculo elíptico que se alzaba un par de centímetros sobre el suelo y por el que podría pasar perfectamente una persona. Su interior aparecía difuminado, como un remolino de agua que se va por un desagüe.

   __Adelante, tú primero __dijo Cris colocándose a mi espalda. Yo todavía tenía demasiadas dudas.

   __Un momento, tengo que preguntar…

   __¡Vamos! __insistió, y me dio un empujón por la espalda que me hizo caer de bruces sobre el portal.

   Fue como sumergirse en un tanque de gelatina. El portal me aspiró hacia dentro con fuerza, como una especie de fuerza de vacío. Sentí como si mi cuerpo fuera a volverse líquido, pero la sensación apenas duró un segundo. Volví a materializarme en un nuevo escenario, tan de repente que tropecé y caí contra un suelo de baldosas blancas. Me levanté mascullando entre dientes, justo a tiempo de ver como Cris aparecía por el portal, de una forma bastante más elegante a la mía. El círculo se cerró a sus espaldas tan rápido como hubo salido de él.

   __¿Qué te ha parecido? __preguntó alegremente__. No es el medio de transporte más cómodo del mundo, pero sí bastante rápido.

   Apenas llegue a escucharla. Estaba demasiado ocupado observando la sala en la que habíamos aparecido. Era un laboratorio, bastante grande, pero tan abarrotado de mesas, ordenadores y archivadores que lo hacían parecer pequeño. Al fondo reposaba un escritorio más grande que el resto, junto con algunas máquinas tan extrañas que ni siquiera me atrevía a adivinar su propósito. Entre las patas del escritorio correteaba lo que parecía una ardilla tremendamente grande y alargada. No tarde en darme cuenta de que era un Furret, tan real como cualquier animal que pudiera ver en mi mundo. El pequeño pokémon se alzó sobre las patas traseras al ver a la profesora.

   __Buenos días pequeñín __lo saludó Cris dándole una palmadita en la cabeza__. ¿Tienes hambre? __Sacó una especie de fruto de uno de los bolsillos de su bata y se lo tendió. Parecía un melocotón, pero de color rosado y con una forma que me recordaba vagamente a un corazón. “Es una baya” pensé al cabo de unos instantes. El Furret la cogió entre las patas delanteras y empezó a comerla a pequeños mordiscos.

   __Increíble __murmuré, agachándome delante del pokémon. El Furret interrumpió su comida para lanzarme una mirada de ojazos grandes y negros__. Es tan real…

   __No tardarás en acostumbrarte __rió la Profesora Cris a mis espaldas. La oí trastear con algo en los cajones de su escritorio, pero yo estaba demasiado absorto en la criatura que tenía ante mí para darme cuenta. El Furret tenía una mirada intensa, reflejaba la misma inteligencia que había visto en el Blastoise. Nadie lo habría tomado por un animal normal.

   __Un día se coló en el laboratorio __explicó Cris con una voz repentinamente apagada__. Al bueno de Alexandre no se le ocurrió otra cosa que darle una baya meloc y desde entonces no nos lo hemos sacado de encima. Pero es una buena compañía…

   Sentí que me apoyaba una mano en la espada y tuve un repentino escalofrío.

   __Siento mucho esto, Derek.

   Fue lo último que le escuché decir. Cuando traté de incorporarme noté un filo punzante clavándose en la base de mi cuello, seguido de un intenso dolor. Hice fuerza con las piernas para levantarme, pero la cabeza empezó a darme vueltas. La cara del Furret, que había abierto la boca en un gesto de sorpresa propio de una persona, se volvió borrosa. Perdí el equilibrio, y caí al suelo.
« Última modificación: 12 de Febrero de 2013, 04:47:35 pm por Daedalus »
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Re:[Fanfic] Memorias de un Entrenador
« Respuesta #2 en: 08 de Febrero de 2013, 04:50:45 pm »
Capítulo 2

        Cuando desperté me encontraba en una cama mullida de sábanas blancas. “Sigo en mi casa” pensé. “Al final ha sido todo un sueño”.

   Pero eso fue antes de despertarme del todo. La habitación en la que me encontraba no era la mía. A parte de la cama, encajada en una esquina, y de una mesita de noche al lado, no tenía más muebles. El suelo estaba cubierto por las mismas baldosas que había visto en el laboratorio.

   El laboratorio… ¿Qué me había pasado? Estaba mirando al Furret, agachado frente al escritorio, cuando había notado el pinchazo en el cuello y la voz que hablaba a mis espaldas…
   
Justo entonces se abrió la puerta de la habitación y la Profesora Cris entró con una bandeja repleta de comida entre las manos.

   __Ah, veo que te has despertado __sonrió__. Has tardado más de lo que esperaba, pero al final todo ha ido bien. ¿Cómo te encuentras?

   __¡Tú! __exclamé, haciendo caso omiso de sus palabras__. ¡Tú me clavaste aquello en el cuello!

   __Sí, perdona por eso, pero no encontraba forma de decírtelo sin que te escandalizadas, así que he tenido que sedarte por sorpresa antes de ponerte el suero. Estuviste los dos primeros días ardiendo de fiebre y delirando, pero al tercero empezaste a estabilizarte.

   __¿Llevo aquí tres días? __lo primero que pensé fue en lo mal que lo tendría que estar pasando mi madre, allí, en mi casa, quién sabe a cuantos mundos de distancia. Probablemente ya hubiera llamado a la policía.

   “El suero…” Aquello era todavía más preocupante. ¿Qué habría intentado hacer la Profesora Cris con mi cuerpo? Traté de salir de la cama, pero nada más incorporarme la cabeza comenzó a darme vueltas y volví a derrumbarme sobre la almohada.

   __Estate quieto __me regañó Cris. Se sentó a mi lado en la cama y puso la bandeja con la comida sobre mi regazo__. Has estado tres días inconsciente. Eso junto con todos los cambios que ha sufrido tu cuerpo te ha dejado agotado. Necesitas recuperar energías.

   Miré hacia la bandeja que había dejado en mi regazo y, a pesar de todo lo que me estaba pasando, no pude evitarlo y me puse a comer. Había tres piezas de frutas diferentes, aunque tras examinarlas más de cerca me di cuenta de que no eran otra cosa sino bayas. No importaba que no las hubiera visto en la vida, me las tragué enteras, junto con el zumo, el tazón de cereales y dos bollitos. Nunca había comido tanto en mi vida, aunque tampoco había estado tan hambriento.

   __Menudo espectáculo __comentó Cris cuando todavía sorbía lo que quedaba en el tazón__. Seguro que tienes un montón de preguntas que hacer. La verdad, no sé por dónde podría empezar, así que será mejor que me digas tú mismo qué…

   __¡Has intentado matarme! __la interrumpí, dejando la taza sobre la bandeja con un golpe. Tenía el estómago lleno, pero todavía no se me había pasado el enfado. La Profesora Cris levantó las manos y negó con la cabeza.

   __¡No, no, no! Ya te lo he dicho, sólo era un sedante. Si te lo hubiera explicado antes te habrías negado en redondo a hacerlo o te habrías largado corriendo a la primera ocasión. Entiéndeme, era una oportunidad demasiado buena para dejarla escapar. Estabas ahí, en aquel bosque, acababas de ver una batalla entre dos bestias que hasta entonces sólo existían en tu imaginación… No podía simplemente dejarte volver a casa y ya está.

   __¡Eso es! ¡Tenías que eliminarme! __volví a interrumpir, cada vez más enfadado. Tras la comida, notaba como regresaban mis fuerzas. Una corriente de calor intenso recorría mi interior. Apreté el puño con furia, y una chispa saltó entre el hueco que quedaba entre el pulgar y el índice. La llama voló, pasando por encima del hombro de Cris, hasta aterrizar contra el suelo un par de metros a sus espaldas. Hubo una pequeña explosión y un fuego empezó a arder. La profesora pokémon reaccionó con rapidez. Se levantó de la cama al tiempo que se sacaba su bata blanca y la usó para extinguir las llamas. Si hubiera sido un suelo de madera podría haberse extendido antes de que llegara a apagarlo, pero al final, tras unos cuantos pisotones sobre la tela chamuscada, la lumbre quedó reducida a cenizas y unas volutas de humo.

   __Por los pelos __suspiró antes de girarse hacia mí__. Haz el favor de tener más cuidado. Hasta que aprendas a controlar bien tus poderes deberías evitar las emociones intensas, o quizás la próxima vez vueles el laboratorio por los aires.

   Justo cuando pensaba que nada podría sorprenderme más pasaba aquello. Me quedé mirando la mano abierta, la misma mano con la que acababa de provocar un fuego, estupefacto. Volví la mirada a la Profesora Cris, con la boca abierta, pero sin decir nada. Se me había pasado el enfado.

   __¿Esto es lo que me hizo el suero? __pregunté. Cris volvió a sentarse a mi lado, sobre la cama.

   __Sólo una pequeña parte. Mira, no quiero hacerte ningún mal, no hay nada más lejos de mi intención, pero necesito tu ayuda. ¿Estarías dispuesto a escucharme, por lo menos?

   Asentí sin decir palabra. La Profesora Cris dio un hondo suspiro antes de empezar a hablar.

   __Supongo que lo mejor será que empiece por el principio. En la década de 1980 un hombre llamado Satoshi Tajiri entró por primera vez en el mundo pokémon. Un Pikachu abrió un portal justo enfrente de él y lo atravesó antes de que llegara a cerrarse. Esa fue la primera vez que un humano pisó Aurora y volvió para contarlo. Satoshi estuvo más de dos semanas aquí antes de poder regresar usando uno de los prismas elementales que crecen en las cuevas de esta región. Había sido testigo de un milagro, un universo nuevo poblado de criaturas con poderes extraordinarios que la ciencia no podía explicar. Era un mundo virgen, totalmente natural.

   “Satoshi sabía que no podía revelar su secreto a todo aquel que pudiera escucharlo. Había descubierto como usar los prismas elementales y se había llevado varios consigo antes de regresar, así que la falta de pruebas no era un problema. Sin embargo, si los humanos llegaran a colonizar este nuevo mundo igual que el anterior, perdería toda su magia. Lo contaminarían. Al final los pokémon acabarían por extinguirse. Pero, al mismo tiempo, era un secreto demasiado grande, lleno de posibilidades, para que él solo pudiera cargar con él. Así pues, seleccionó a unos pocos amigos de confianza, todos ellos científicos e investigadores, bien formados y en los que tenía plena confianza, y juntos comenzaron un trabajo de investigación que todavía continúa hoy en día.”

   “Construyeron laboratorios como este, y algunas casas para acoger a los científicos y sus familias. Al cabo del tiempo surgieron pueblos y ciudades, pero tan pequeños que no podían afectar al ecosistema de Aurora. Incluso hoy en día, casi treinta años después, la población humana es mucho menor que la pokémon. Seguimos investigando, y con el tiempo inventamos las primeras bonguriballs, que se hacían con la cáscara de ciertas bayas, hasta que mejoramos la tecnología con las nuevas pokéball. Fue un paso muy grande en la relación entre pokémon y humanos.”

   “Sin embargo, para poder financiar todo eso necesitábamos dinero, montañas de dinero. A Satoshi se le ocurrió la genial idea de vender la idea del mundo pokémon en forma de videojuego. Creó una pequeña empresa llamada Game Freak, y negoció con Nintendo una parte de los beneficios. La idea tuvo más éxito de la que nos atrevimos a esperar, y el dinero no fue nunca más un problema. En la actualidad, Game Freak, junto con ciertos directivos de Nintendo, continúan financiando nuestras investigaciones.”

   __Habéis creado una red de negocios entre los dos mundos __interrumpí por primera vez tras un buen rato__. Y todo esto a espaldas del resto de la humanidad. ¿Cómo es posible que nadie se haya dado cuenta?

   __Tenemos un gran control sobre la población de Aurora __explicó Cris__. Hay muy pocas personas que tengan permiso para a travesar el portal de un mundo a otro. Y los que vivimos aquí tenemos que estar siempre localizables __En ese momento se inclinó hacia delante y echó hacia delante el lóbulo de la oreja con la yema del dedo. Justo detrás de ella, por debajo de la piel, podía apreciarse un pequeño bulto rectangular__. ¿Ves esto? Es un microchip. Todos los ciudadanos de Aurora llevamos uno. El chip permite localizarnos cualquiera que sea el lugar en el que estemos, incluso en tu mundo. Además, está conectado a una pequeña red de nervios del bulbo raquídeo. Si alguien tratara de extirparlo, el corazón le dejaría de latir en un instante.

   __¿En serio? __parecía increíble el punto al que podían llegar para proteger el secreto del mundo pokémon__. ¿No es algo… excesivo? ¿Qué hay de la libertad de las personas?

   La Profesora Cris esbozó una triste sonrisa.

   __La seguridad de nuestro mundo era más importante. Imagina lo que pasaría si los humanos construyeran en Aurora al mismo paso que en la Tierra. Cambiaría por completa la naturaleza de este mundo. Hasta los pokémon saldrían dañados.

   “Sin embargo, a pesar de estas fuertes medidas de seguridad, es inevitable que de vez en cuando un humano tenga un contacto con el mundo pokémon. No llegamos al asesinato, ni mucho menos, y, aunque nadie creería a alguien que fuera por ahí pregonando la existencia de unas criaturas de videojuego, tampoco consideramos prudente dejarlo pasar. En estos casos lo traemos junto con su familia a Aurora. Creamos una coartada para su desaparición en su mundo, le damos un hogar en este, una formación, un trabajo y, en general, una nueva vida.”

   __¿Y qué pasa conmigo? ¿También me vais a mantener aquí atrapado? __no era que me importase. De hecho, la perspectiva de comenzar una nueva vida en mi mundo de ensueño era lo mejor que me podía haber pasado.

   __Contigo me desvié un poco del protocolo. Para empezar, nadie sabe que estás aquí, aparte de mí misma. De lo contrario, ya te habrían implantado el microchip __tuve que contener el impulso de llevarme las manos detrás de las orejas__. La razón, como ya te he dicho antes, es que necesito tu ayuda.

   Se quedó un momento en silencio, como si esperara a que fuera a decir algo. Yo no tenía ni idea de qué podía querer Cris de alguien como yo, que instantes antes ni siquiera sabía que existiera un mundo como aquel.

   __¿Y el suero? __pregunté, al final.

   __El suero es una ayuda, una especie de… regalo __titubeó__. Bueno, no voy a negar que también me movía la curiosidad científica, pero no tengo ninguna duda de que lo vas a necesitar. La sustancia que te inyecté tras el sedante es un trasmisor transgénico. Tras entrar en tu sangre produjo una reacción en cadena sobre el adn de todas las células de tu cuerpo.


   Hasta entonces todo aquello me sonaba a chino.

   __¿Y eso qué significa? __volví a preguntar.

   __El suero contenía encimas de tres pokémon diferentes: Blaziken, Sceptile y Blastoise. Las enzimas han modificado tu adn, añadiendo una tercera cadena subordinada a la pareja de cadenas principal. Básicamente, has desarrollado los poderes de estos tres tipos de pokemon.

   La Profesora Cris sonrió, aunque a mí me parecía bastante alarmante.

   __¿Me voy a convertir en un pokémon?

   __¡No, nada de eso! __se apresuró a aclarar__. Ya te lo he dicho, el adn pokémon está en una cadena subordinada, de modo que no afectará a tu cuerpo humano. Sin embargo, gozarás de los beneficios y poderes propios de un cuerpo pokémon. La fuerza de Blaziken, la velocidad de Sceptile, la resistencia de Blastoise... ¡Imagínatelo! Nunca nadie había logrado algo así. Hace unas dieciocho horas, tu cuerpo comenzó a emitir ondas PQ, al principio a penas era un rumor, pero ha ido aumentando de intensidad increíblemente rápido. Tú mismo lo has comprobado hace unos instantes. Esa chispa que lanzaste al cerrar el puño, era un ataque pirotecnia.

   __Parece imposible __todavía no había notado nada distinto en mi cuerpo, salvo aquella extraña corriente de calor instantes antes de que creara el fuego__. ¿Dices no se había hecho antes? ¿Cómo sabes que no es peligroso, o si tendrá efectos secundarios? Al final igual sí que acabo convertido en pokémon

   Por alguna razón la perspectiva tampoco me preocupaba tanto como me debería.

   __He usado un método parecido al de las MTs. Ya sabes, cuando le quieres enseñar una habilidad a un pokémon que normalmente no podría desarrollar. También se hace mediante transfusiones transgénicas, pero sólo puede haber dos resultados. O el adn se adapta y desarrolla el nuevo ataque, o lo elimina. En tu caso lo peor que te podría pasar es que el experimento no funcionase. Pero ya ves __señaló la bata chamuscada con la cabeza, todavía en el suelo__. Ha sido un éxito.

   “Experimento”. La palabra no terminó de gustarme, pero otra parte de mi mente estaba encantada. Por un momento me imaginé en un campo de batalla, ante un pokémon gigantesco, de rostro indefinido, lanzando una gran llamarada con mis manos. “Sería genial si pudiese llegar a hacer algo así” pensé.

   __Si no te gusta puedo quitártelo cuando quieras __continuó explicando Cris__. Pero todavía no, te hará falta para lo que te espera. Cuando todo esto acabe, si todavía te desagrada la idea, te inyectaré el antídoto y podrás regresar a casa como si nada hubiera pasado.

   Entonces Cris se levantó de la cama y caminó hacia la puerta.

   __Descansa otro poco si quieres. La transgénesis ha completado su fase más importante, pero el adn tardará todavía un par de semanas en asentarse por completo en tu cuerpo. Mientras tanto puede que vayas desarrollando nuevos poderes poco a poco. Cuando estés listo, baja a buscarme al laboratorio.

   Dicho esto salió por la puerta metálica de la habitación, dejándome solo. No me quedaba ni una gota de cansancio en el cuerpo, así que me levanté de la cama de un salto. Llevaba la misma ropa que cuando había terminado el instituto, salvo las zapatillas, que reposaban al pie de la cama. Me las puse a toda prisa, sin apenas pararme a atar los cordones, y salí por la puerta. Nada más dejar el cuarto me encontré con una escalera que bajaba a la izquierda. Descendí los peldaños de dos en dos, doblé un recodo hacia la derecha, y entonces tuve el accidente.

   El problema era que no había barandilla en la parte izquierda, de modo que cuando extendí la mano para apoyarme no encontré nada más que aire. Perdí el equilibrio. Durante un instante pensé que podría enderezarme a tiempo, pero ya estaba medio inclinado y el peso de mi cuerpo tiró de mí hacia abajo. El suelo estaba a unos dos metros, distancia suficiente para partirme la crisma. Empecé a caer. El tiempo parecía haberse detenido por completo. Llegué a oír el grito ahogado que lanzó la Profesora Cris.

   Parecía que iba a darme con la cabeza en el suelo, pero entonces mi espalda se retorció en un acto reflejo, di una voltereta y aterricé a cuatro patas junto al escritorio.

   __¡Uau! __exclamé, asombrado. El tiempo volvía a transcurrir a velocidad normal__. No tengo ni idea de cómo he hecho eso.

   Me incorporé de un salto. Al frente del escritorio la Profesora Cris suspiró,
aliviada.

   __Por lo que a mí respecta, te he salvado la vida __dijo después, más calmada. Se echó a un lado para dejarme a la vista el escritorio__. Fíjate, aquí tengo más regalos para ti.

   Lo único que me era familiar de entre todos los objetos que vi encima de la mesa fue la mochila roja, la misma que había llevado al instituto y que Cris había vaciado de los libros de texto. Al lado, colocadas en un círculo perfecto, había cinco pokéballs en su tamaño reducido, de modo que no medían más que una uva pasa. En el centro del círculo reposaba otra pokéball, esta del tamaño de una naranja. Un poco más abajo había dejado un aparato que me recordó a un teléfono móvil, con la carcasa de color rojo brillante y muy fina, con una gran pantalla.

   __¿Al final me voy de aventura? ¿Es esa la gran misión? __pregunté, escéptico.

   __No, es tú tapadera. Como ya te he dicho, tú no estás marcado, de modo que no hay manera de controlar tu presencia en este mundo. Sin embargo, necesitas “ser alguien” mientras estés aquí, así que te he creado una identificación __cogió de la mesa el aparato que parecía un teléfono móvil y me lo tendió__. Pulsa con el dedo pulgar la pantalla.

   Hice lo que me pedía. La pantalla iluminó con un golpe de luz. Allí aparecía de todo. Mi nombre, apellidos, la misma foto que usaba en mi carnet de identidad junto con un número de identificación, e incluso el peso y la altura.

   __¿Cómo has conseguido todo esto? __pregunté. Cris esbozó una sonrisa.

   __Internet. Tenemos una red secreta entre los dos mundos. Esto de aquí es la
identificación que te acredita como entrenador pokémon __pasó un dedo por la pantalla y apareció la imagen de una mapa. Aurora era una isla pequeña, de forma redondeada. Varias ciudades y pueblos se extendía desde la costa sur hasta la este, y entonces continuaban siguiendo una especie de circuito por el centro del mapa. En el extremo norte la redondez de la isla se interrumpía por un cabo puntiagudo, que se torcía a la derecha. Parecía un dedo retorcido que apuntase a un pequeño islote, separado del resto de la isla por un par de quilómetros de mar. Cris me lo señaló en la pantalla.

   __Este es tú objetivo, las montañas de Iza __explicó__. Es la zona más elevada de toda Aurora. No habíamos comenzado a habitarla hasta hace unos pocos meses atrás. Las temperaturas son extremadamente bajas incluso en la parte que limita con el océano y a partir de los mil metros de altitud ni los pokémon más resistentes son capaces de aguantar el frío. Antes sólo permitíamos la entrada a la zona a los entrenadores que habían ganado el campeonato, pero los dragones han decidido establecer las nuevas instalaciones penitenciarias allí, así que la zona es ahora suya.

   __¿Prisiones? __pregunté. Aquel concepto no acababa de encajarme en el mundo pokémon__. ¿Y quiénes son los dragones?

   __Aunque somos una población bastante reducida en la isla, también tenemos delincuentes. Precisamente el cuerpo de policía de Aurora está en manos de esos dragones __Cris hizo una pequeña pausa entes de continuar__. Nuestra forma de gobierno está integrada por dos facciones distintas. Gobiernan sobre toda Aurora a través de un consejo integrado por un número paritario de miembros de dos grupos diferentes. Los primeros nos hacemos llamar los cuervos, que representan a la facción científica de Aurora. Nos dedicamos a la investigación y a mantener equilibrada la presencia de humanos en Aurora para no alterar el ecosistema pokémon. El segundo grupo lo integran los dragones, los empresarios, banqueros, economistas y demás. Ellos son los encargados de financiar nuestro mundo mediante los negocios que mantienen al otro lado.

   __Así que formáis una especie de coalición __dije. La Profesora Cris asintió.

   __Más o menos. Ambos grupos tenemos ideologías distintas. Los cuervos nos centramos en conservar el mundo pokémon lo más intacto posible y en continuar nuestra investigación. Los dragones, en cambio, opinan que se obtendría un beneficio económico mucho mayor si revelásemos el secreto al resto de la humanidad. Sin embargo, a pesar de estas diferencias, no hemos tenido demasiados problemas para llevar el gobierno de Aurora durante todos estos años. Hasta ahora.

   “El grupo que partió para preparar las instalaciones en Iza estaba compuesto por cuervos y dragones. Durante los primeros días no pasó nada, pero entonces comenzaron a retrasarse los informes que debían de enviarnos algunos de los científicos responsables. Poco después se descubrió que esas personas habían desaparecido sin dejar rastro. Llevamos a cabo las investigaciones pertinentes, hicimos preguntas, pruebas, pero nadie parecía saber nada. Es como si se hubieran esfumado, sin más. Para echar más leña al fuego, ninguno de los miembros de los dragones ha sufrido ningún daño. El cuerpo de policía ha prohibido la entrada de más cuervos a la isla como medida cautelar, pero sus investigaciones siguen sin dar resultado y sus informes son cada vez más escuetos.

   __¿No tienen demasiado poder los dragones? Es decir, tienen la seguridad de Aurora en sus manos. Es como si tuvieran impunidad total.

   __Nosotros aportamos toda la tecnología que necesitan para sus actividades, así que en cierto modo dependen de nosotros __la Profesora Cris suspiró__. Sin embargo, las relaciones entre nosotros en el Consejo nunca habían estado tan tensas. Iza está bajo la jurisdicción de los dragones, así que en teoría no tenemos ningún poder de decisión sobre ellos. Algunos creen que, tal como están las cosas, si los presionamos para que nos dejen participar en las investigaciones, podían incluso a llegar a alzarse contra nosotros.

   “Una guerra” pensé. Empezaba a comprender la magnitud del hecho. Si los dos grupos entraban en conflicto y metían a los pokémon en medio, podían llegar a desencadenar una catástrofe en toda Aurora. ¿En qué lío me había metido?
« Última modificación: 12 de Febrero de 2013, 04:47:07 pm por Daedalus »
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Daedalus

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Re:[Fanfic] Memorias de un Entrenador
« Respuesta #3 en: 12 de Febrero de 2013, 04:45:56 pm »
Capítulo 3

   Media hora más tarde me encontraba ante la puerta del laboratorio, con la mochila al hombro y todavía mareado por la impresión de los últimos acontecimientos. Por hacer algo, saqué la pokédex que había guardado en el bolsillo de mis pantalones. Era un instrumento más útil de lo que parecía a simple vista. No sólo contenía mi identificación como entrenador y un mapa detallado de la región. También me daba acceso directo a una amplia base de datos sobre cualquier pokémon que se me ocurriese, lugares y hechos históricos importantes que habían tenido lugar en Aurora desde su descubrimiento. A su lado, la pokédex que aparecía en mis videojuegos era una birria. Tan sólo con ese aparato podría entretenerme durante días, si no tuviera cosas más importantes que hacer.

   Deslicé un dedo por la pantalla y un mapa detallado de Aurora apareció ante mí. En aquel momento me encontraba en Pueblo Origen, la primera zona que habían colonizado los humanos en el mundo pokémon. Se encontraba en el extremo sur de la isla, de modo que si caminaba un poco a través del pueblo en aquella dirección no tardaría en alcanzar la playa. Sin embargo, la playa limitaba con el mar, y el mar no llevaba a ninguna parte en aquella región. El océano se extendía quilómetros y quilómetros alrededor de la isla. Todavía no se había descubierto otra porción de tierra en todo aquel mar inmenso, quizás ni siquiera hubiera ninguna más. Mi camino estaba al noreste, a través del bosque, hasta Isis, la segunda de las siete ciudades de Aurora.

   En pocas palabras, mi misión consistía en llegar hasta Iza y averiguar qué había detrás de todas aquellas desapariciones de científicos, y si los dragones tenían algo que ver con ello. Lo más sencillo habría sido coger un barco e ir directamente hasta las montañas heladas, pero solo se permitía la entrada en el pequeño islote a los campeones de la Liga Pokémon, aparte de quienes estaban trabajando ya allí.

   __No tendrás que ganar __me había explicado Cris__. Bastará con que te inscribas y participes en al menos un combate.

   __¿Sólo tengo que participar? Parece bastante sencillo __comenté. Cris movió la cabeza de un lado a otro.

   __No es tan sencillo. Los aspirantes a entrenadores pokémon viajan desde todas las ciudades de Aurora hasta pueblo Origen para empezar su aventura, del mismo modo que Satoshi comenzó su viaje aquí. La temporada de entrenadores empieza cada seis meses. Del mismo modo, el campeonato se celebra un par de semanas antes de cada temporada. No vas a necesitar medallas como en tu juego para poder presentarte, pero tendrás que superar algunas pruebas antes de llegar allí.

   Cris no había querido decirme en qué consistirían aquellas “pruebas”, pero supuse que tendrían algo que ver con el entrenamiento pokémon. No podía ser que permitiesen apuntarse al campeonato a cualquiera que pasase por allí. Volví a pasar el dedo por la pantalla hasta dar con la agenda. La Profesora Cris me había dado un número de contacto para cualquier duda que tuviese o, según ella, “cualquier molestia física que notase”. Todavía no estaba muy seguro de que la transformación que la profesora había obrado en mí fuese totalmente inocua.

   Todavía en la agenda, decidí marcar el número de mi casa en la Tierra. Me llevé la pokédex a la oreja, pero en vez del familiar pitido, escuché una voz robótica informándome: “Usted no tiene permiso para llamar a esta región”. Con un suspiró, colgué y volví a guardar la pokédex en el bolsillo de mis pantalones. La Profesora Cris había enviado un mensaje desde mi correo al de mi madre explicándole que me había apuntado a un campamento de verano, cuyo nombre no llegaba a mencionar. Seguro que se enfadaba, aunque fuera sólo por no haberle pedido permiso, pero al menos no llamaría a la policía y aquello me daba una coartada de tres o cuatro meses. Mi pokédex tampoco tenía permisos para navegar por la red virtual de mi mundo, pero podía pedirle a Cris que le mandase otro correo en cualquier momento para mantenerla tranquila.

   No quería pensar más en ello, así que me puse en marcha hacia el norte. Hasta entonces no me había dado cuenta de lo pequeño que era Pueblo Origen. Limitaba al este y al oeste con el bosque, y al sur con la playa y el mar. Incluso desde allí podía ver el sendero que salía de entre los árboles, internándose en el amplio bosque. A excepción del laboratorio, el resto de las casas eran totalmente de madera, cada una cercada por una valla y con su propio jardín. El suelo no tenía ningún tipo de asfalto, era totalmente de tierra sobre la que crecía una pequeña mata de hierba. Parecía un entorno mucho más natural y puro que las ciudades de mi mundo.

   Caminé durante unos diez minutos. A medida que avanzaba dejaba atrás las casas de madera y la hierba parecía hacerse más alta. El claro sobre el que se asentaba el pueblo se iba haciendo cada vez más estrecho, hasta que la hierba bajo mis pies se convirtió en un sendero de tierra batida y el bosque surgió de repente a mi alrededor. Los árboles no tardaron en tapar parte de la luz solar, y entonces aparecieron los primeros pokémon.

   No es que salieran directamente a saludarme, pero ahí estaban. Casi los podía sentir, observándome, fundidos en su entorno. Un Metapod permanecía pegado a un árbol, con los ojos entornados siguiéndome desde su espalda. De vez en cuando alcanzaba a ver un Pidgey dando saltitos sobre  una rama antes de echarse a volar. Una vez hasta llegué a distinguir a un Pinsir, oculto tras las hojas de un árbol, pero cuando me giré hacia él retrocedió rápidamente entre el follaje.

   Aquello era fascinante, un sueño hecho realidad. No podía evitar volver la vista de un lado a otro cada vez que veía a alguna de esas criaturas. Iba tan distraído que ni siquiera me di cuenta del enorme tronco de árbol que atravesaba el sendero y tropecé con él. Por fortuna, logré extender las manos a tiempo y no llegué a caerme. El tronco debía de haber pertenecido a un árbol enorme. Era tan ancho que me llegaba hasta el pecho y cruzaba el sendero de un extremo a otro. La madera era vieja. Probablemente una tormenta hubiera derribado el árbol. Me quedé observándolo unos instantes, hasta que se me ocurrió una idea, y sonreí.

   Una persona con un mínimo de sentido común hubiera rodeado el árbol caído, incluso podría haberlo escalado directamente hasta el otro lado. Primero me aseguré de que no hubiera nadie por los alrededores, aunque tampoco hacía falta. Según Cris, la temporada de entrenadores había comenzado dos semanas atrás y ya no quedaría nadie en la ruta que iba desde Pueblo Origen a Ciudad Isis. Sólo los pokémon, desde sus refugios entre la vegetación del bosque, podían observarme. Me agaché delante del tronco, introduje las manos en la pequeña ranura que lo separaba del suelo, respiré hondo y tiré hacia arriba con todas mis fuerzas.

   Bien, no fue el resultado que había esperado. Nunca me había sentido más fuerte desde que Cris me había administrado el suero. Sin embargo, tan solo pude elevar el tronco unos centímetros en el aire antes de tener que soltarlo. Me dio un tirón en la espalda y los músculos de las piernas y los brazos protestaron por el súbito esfuerzo. El tronco hizo un sonoro crujido al volver a caer al suelo y yo retrocedí unos pasos, todavía medio agachado. Tuve que esperar unos instantes hasta que el dolor de espalda comenzó a remitir. Entonces me incorporé, mascullando entre dientes. Me sentía decepcionado por haber descubierto tan pronto los límites de mi nueva capacidad física. Al final apoyé una mano en el tronco y salté hacia el otro lado sin atreverme con ninguna otra filigrana. “Bueno, una persona normal ni siquiera habría podido moverlo” traté de consolarme.

   __¡Wartortle, pistola agua!

   El ataque me cogió de improvisto cuando ni siquiera había avanzado dos pasos desde el tronco del árbol. El chorro de agua me golpeó con tanta fuerza en la cabeza que me tiró al suelo. Me quedé ahí tirado, tosiendo, con la cabeza empapada y la sudadera chorreando, y entonces vi aparecer al chico entre los árboles.

   __¿Quién anda ahí? __preguntó. A su lado iba el pequeño pokémon tortuga, enseñando los dientes. Emitía un sonido que me recordó al bufido de un gato__. Ah, vaya, solo es un mocoso.

   Me levanté del suelo de un salto. Aquel remojón inesperado me había enfadado.

   __¿A qué ha venido eso? __pregunté. El chaval se echó el largo pelo negro hacia atrás. Debía de tener aproximadamente mi misma edad, aunque era más alto y delgado y sus ojos azabache rezumaban desdén.

   __Eh, tranquilo, no hay por qué alarmarse __dijo con una sonrisita maliciosa__. Wartortle y yo escuchamos un ruido, así que vinimos a investigar. Pensé que debería de tratarse de un pokémon tremendamente grande, pero sólo era un muchachito, un muchachito empapado según parece…

   __También soy entrenador __repliqué, tragándome la furia. El chico abrió los ojos, sorprendido.

   __¿Otro entrenador? ¿En serio? Pues parece que has empezado un poco tarde. Los demás salieron de Pueblo Origen hace más de dos semanas, todos alegres y confiados con sus nuevos pokémon. Parecía que querían recorrerse toda Aurora en un sólo día. Pobres imbéciles __el chaval soltó una risita__. El campeonato no lo gana el más rápido, sino el más fuerte. Fíjate __señaló con la cabeza al Wartortle, que se hinchó de orgullo dentro de su caparazón__. Apenas había pasado la primera semana cuando mi Squirtle evolucionó. Sólo es cuestión de tiempo que alcance a los demás y derrote a la Guardiana de las Puertas de Piedra.

   No tenía ni idea de quién podía ser esa tal guardiana, pero no iba a preguntárselo. Era la primera persona que conocía en Aurora a parte de Cris y, aunque no hacía ni un minuto que nos habíamos encontrado, ya lo empezaba a odiar.

   __Ojalá tengas suerte __dije en lo que esperaba que fuera un tono despectivo__. Ahora, si me disculpas, tengo prisa…

   Di un paso hacia delante para pasar por su lado, pero se colocó en frente de mí impidiéndome avanzar.

   __Eh, espera, ¿por qué tanta prisa? __preguntó con una sonrisa socarrona__. Ya que estamos, echemos un combate. Llevo bastante tiempo en este bosque y echo de menos un buen reto con un entrenador.

   __¿Un combate? __se me hizo un nudo en la garganta. Me vino a la mente la imagen del pokémon que me había dado la Profesora Cris. “No puedo aceptar, todavía no” pensé.

   __Sí, habías dicho que eras entrenador, ¿no?

   __Sí… __titubeé__. Pero me gustaría prepararme algo más antes de una batalla con otro entrenador, así que creo que lo mejor será que lo dejemos para otro día y…

   __¿Dejarlo para otro día? __el muchacho se cruzó de brazos y frunció el ceño__. Parece que no sabes muy bien cómo funcionan las cosas por aquí. Mira, cuando alguien te reta, tienes que aceptar, sí o sí. De lo contrario __chasqueó la lengua y el Wartortle se puso entre nosotros de un salto, enseñando los dientes y lanzando un bufido. No debía de llegar al metro de altura, pero sus afilados colmillos me hicieron cambiar de opinión. Estaba dispuesto a soportar una humillación con tal de evitar algo peor que un pistola agua.

   __Está bien __dije, retrocediendo unos pasos hasta chocar con el tronco que interrumpía el sendero. Metí una mano en el bolsillo de la sudadera, donde guardaba la pokéball con el pokémon que me había dado Cris para comenzar mi viaje. La agrandé tal como me había enseñado en el laboratorio y la lancé al aire. La esfera giró un par de veces antes de abrirse con un fuerte chasquido, y regresó al guante de mi mano derecha como atraída por un imán. El haz de luz blanca se condensó sobre el suelo del bosque. Era una figura pequeña, de cuerpo agusanado, de color verde y un par de antenas rosas en la cabeza.

   Sí, mi primer pokémon era un Caterpie, todo lo pequeño y esmirriado que podía llegar a ser un Caterpie. La primera vez que lo vi salir de su pokeball, en el laboratorio, había protestado.

   __¡No es justo! ¡No voy a poder hacer nada con esto, ni siquiera voy a poder llegar al Campeonato!

   Pero la Profesora Cris había hecho oídos sordos a mis quejas.

   __No puedo prescindir de ningún otro pokémon, tendrás que conformarte con este. Además, no es del todo inútil. Los pokémon bichos son muy adaptables y evolucionan rápidamente. Hace quince años, Shiren se convirtió en la cuarta campeona de la Liga Pokémon usando un Beautifly, así que deja de quejarte. Si no quieres entrenarlo, captura a otro pokémon. Los hay a montones en el bosque que va de Pueblo Origen a Ciudad Isis. Incluso puedes usar tus propios poderes para debilitarlo, siempre que nadie te vea, por su puesto.

   __Aún así… __repliqué__. Ya llevo dos semanas de retraso respecto a los demás. Comprendo que no queden ninguno de los quince pokémon iniciales pero… ¿qué me dices de ese Charizard que atrapaste en el descampado?

   La Profesora Cris soltó una carcajada.

   __¿Charizard? Debes de estar de broma. Es la quinta vez que ese canalla escapa de su pokéball. Un pokémon no es una mascota, no pasa a ser un perrito faldero solo por estar en una cajita redondeada. Los pokémon obedecen a un entrenador que los captura porque se gana su respeto al derrotarles, en algunos casos ni aún así. Fíjate en Charizard, lo capturamos a las afueras de Monte Ignis cuando ya estaba en su última etapa evolutiva, y de no ser por Blastoise no habría forma de domarlo. Las preevoluciones suelen ser más dóciles, recuérdalo cuando captures a tu primer pokémon.

   Y ahí se había acabado la discusión. No tenía muchas esperanzas de poder entrenar a Caterpie para poder convertirlo en un pokémon decente, aunque evolucionase, pero tampoco había atrapado a ningún otro pokémon todavía. “Un pokémon es un pokémon” pensé. “Tengo un montón de datos útiles en mi cabeza, quizás pueda ganar de todas formas”.

   El muchacho no parecía tener la misma opinión. Lo primero que hizo al ver al pequeño pokémon agitar las rosadas antenas ante Wartortle fue abrir la boca, sorprendido. Luego se echó a reír. Estuvo carcajeándose cerca de un minuto.

   __¡Un Caterpie! __gritó limpiándose las lágrimas de los ojos__. ¿Esto es serio? ¿Un Caterpie? ¡Vaya! Debes de ser un entrenador estupendo para que hayan dejado en tus manos un pokémon de tal magnitud __volvió a reírse__. En fin, soy un hombre de honor, así que trataré de no aprovecharme de tu debilidad. Wartortle, deja que sea él quien haga el primer movimiento.

   Rechiné los dientes con furia, pero ya tenía una estrategia elaborada en mi mente. Si lograba inmovilizarlo con disparo demora, Wartortle no podría defenderse a tiempo y Caterpie podría golpearle con placaje hasta dejarlo fuera de combate.

   __¡Caterpie, disparo demora! __ordené, mi primera orden en una batalla pokémon de verdad.

   El pokémon gusano echó la cabeza hacia atrás y lanzó un hilo de seda desde su pequeña boquita. Durante un momento pensé que tendría la velocidad suficiente para llegar a su objetivo, pero entonces se levantó una ligera brisa de viento, suave como la piel de un bebé, y el hilo de seda cayó a un palmo del pokémon tortuga. El chico esbozó una sonrisa despectiva y gritó una orden. Un instante después un potente chorro de agua lanzaba a Caterpie varios metros hacia atrás. Mi pokémon rodó hasta toparse con mis pies. Se quedó de espaldas contra el suelo, agitando sus diminutas patitas al aire. Durante un momento intentó volver a levantarse, pero al final se encogió sobre sí mismo formando una bola. Un olor apestoso comenzó a emanar de las antenas de su cabeza. “Lo que faltaba” pensé. “Ahora se hace el muerto”.

   Lo devolví rápidamente a su pokéball para ahorrarnos la vergüenza. Estaba claro que había perdido. El muchacho se acercó a nosotros con las manos en los bolsillos y una sonrisa de suficiencia en la cara. El Wartortle se mantuvo a su lado.

   __Bueno, parece que el señor de los gusanos ha perdido __dijo, y acto seguido levantó una mano con la palma hacia arriba en frente de mí__. Vamos, ya sabes lo que toca ahora.

   Mire la mano, sin comprender. Aquel había sido mi primer combate pokémon de verdad y no tenía ni idea de lo que tenía que hacer a continuación. A Cris se le había olvidado explicármelo.

   __¿Qué…? __empecé.

   __¿Es que eres imbécil? __espetó, irritado__. Después de una batalla, el perdedor tiene que darle a su rival la mitad de todos sus créditos. ¿Ni siquiera sabes eso? __hizo un ademán impaciente con la mano__. Venga, dame tu pokédex, no tengo todo el día.

   Entonces lo recordé. Cris había mencionado algo sobre el dinero. Aurora no tenía moneda de curso legal. La gente compraba todo lo que necesitaba mediante créditos virtuales que se podían almacenar en tarjetas magnéticas, teléfonos móviles, o incluso en las pokédex, en el caso de los entrenadores. No tenía ni idea de cuantos créditos podía llegar a tener un euro, pero suponía que debían de ser bastantes, ya que Cris había introducido diez mil junto con mi documento de entrenador.

   El Wartortle comenzó a enseñarme los dientes otra vez y su entrenador parecía impacientarse por momentos, así que saqué la pokédex del bolsillo de mis pantalones y se la entregué. A pesar de todo, había sido un combate justo. Tendría que acostumbrarme a aquello a menos que lograse encontrar un nuevo pokémon.

   El chico sacó su propia pokédex y la conectó a la mía a través de especie de clavija. Tras teclear durante unos instantes en ambas pantallas sonrió, satisfecho.

   __A esto le llamo yo dinero fácil __se burló. Me tendió la pokédex, pero cuando fui a cogerla la dejó caer al suelo deliberadamente__. ¡Uy! Que torpe soy.

   Me agaché a recoger el aparato rechinando los dientes, tratando de no escuchar las carcajadas del chico mientras se alejaba. Por suerte el suelo del sendero era bastante blando y la pokédex no había sufrido ningún daño, aunque me había quedado con la mitad de los créditos que me había dado Cris. Trasteé un rato con la pokédex para comprobar una vez más mi documento de entrenador. Me sorprendí al descubrir que se habían quedado guardados los datos del muchacho con el que había luchado. La máquina debía de haberlos copiado al realizar la transferencia. Efectivamente, había comenzado su viaje dos semanas atrás, y su primer pokémon había sido un Squirtle. Repasé los datos un rato más hasta encontrar su nombre. “Alberto”, así se llamaba. No lo olvidaría. Algún día volvería a encontrarme con él y le daría una lección.

   Pero pensarlo no me consolaba demasiado. No hacía ni medio día que había comenzado mi aventura y ya había sufrido mi primera derrota. Lo peor era que no sería la última, a menos que consiguiese atrapar a un nuevo pokémon. El desastroso resultado del combate me había convencido de que entrenar a Caterpie sería una pérdida de tiempo. “No debí de haber aceptado ese combate” pensé. Alberto prácticamente me había obligado a pelear. Sabía que era mucho más fuerte que yo y se había aprovechado de ello para timarme. Tendría que haberme defendido “Si al menos supiera controlar mis poderes…”

   La furia volvía a bullir dentro de mí. Sentí el mismo ardor en mi interior que había notado en el laboratorio de la Profesora Cris. El calor subió por mi brazo izquierdo, desde el codo hasta mi puño cerrado, que estalló en llamas. El fuego no me quemaba en absoluto, pero el estallido me cogió tan sorprendido que lancé un grito y estampé el puño contra el árbol que tenía más cercano, a apenas medio metro. Las llamas se apagaron antes de prender en la corteza, pero el golpe llevaba más fuerza de la que había pensado. El tronco crujió de forma alarmante y, aunque no llegó a romperse, el árbol entero se tambaleó como si un gigante lo hubiera agitado con furia. Una lluvia de hojas y ramitas cayó desde la alta copa. Apenas duró unos instantes antes de que el árbol volviera a quedarse en calma. El silencio volvió a asentarse en el bosque, durante apenas un segundo.

   Entonces comenzaron los zumbidos.

   Aparecieron de repente, y se extendieron por todo el bosque en un santiamén, como una tormenta de verano. Pude distinguir varios pares de ojos rojos entre las hojas de los árboles. Se contaban por decenas, puede que superasen el centenar. El zumbido aumentó súbitamente de intensidad cuando los Beedrills salieron de sus escondites, todos al mismo tiempo. Había despertado a todo el enjambre.

   No necesitaba ver sus aguijones agitarse furiosamente en el aire para adivinar sus intenciones. Me di la vuelta y eché a correr a toda velocidad. De no haber estado tan asustado podría haberme dado cuenta de lo rápido que podía mover las piernas. Cada zancada me impulsaba con fuerza hacia delante, de modo que avanzaba casi dos metros con cada paso. Sin embargo, los Beedrills eran muchísimos y podían volar. Se concentraron en torno a mí, zumbando furiosamente, y comenzaron a pincharme con los afilados aguijones de sus patas. Uno de ellos me perforó la pernera del pantalón y otro llegó a cortarme en la mejilla. Me cubrí la cabeza con las manos para tratar de protegerme y aumenté la velocidad. Empecé a alejarme de ellos, pero de repente otra docena de Beedrills más apareció de entre los árboles que tenía en frente. Me habían cortado el paso.

   No pude hacer otra cosa que encogerme en el sitio y protegerme lo mejor que podía mientras el enjambre de insectos se abalanzaban sobre mí. Los aguijones se clavaban sin piedad, atravesaban mi ropa hasta llegar a la piel, llenándome de picaduras por todas partes. Con cada ataque se hacía más intenso el dolor, y junto con el dolor, también crecía mi furia.

   Volví a notar aquella corriente de calor abrasador en mi interior. Esta vez el fuego emanó de todas partes, rodeándome. Las llamas ascendían formando espirales que quemaban todo lo que encontraban a su paso. Los Beedrills retrocedieron a toda velocidad.

   Las llamas desaparecieron tan pronto como cesó el dolor. Volví a incorporarme, y miré a mi alrededor. Los Beedrills todavía zumbaban a pocos metros de mí, cautos, pero en cuando desapareció el fuego volvieron a lanzarse contra mí con mayor fiereza.

   En esta ocasión no dejé escapar la corriente de calor en mi interior. Levanté las dos manos hacia ellos y, sin saber muy bien como, canalicé aquella energía que sentía en mi interior a través de las manos. Las llamas volvieron a brotar con gran intensidad, formando una columna que atravesó el enjambre de Beedrills. Los pokémon más cercanos cayeron chamuscados al suelo, y los demás se apartaron con rapidez. Detuve el flujo de fuego durante unos instantes, y volví a acometer nuevamente a los insectos que quedaban a mi espalda. Los Beedrills comenzaban a estar más asustados que furiosos frente a las terribles llamas, y tras unas cuantas ráfagas más de fuego se alejaron a toda velocidad para volver a sus escondites entre los árboles.

   El bosque quedó repentinamente en silencio tras apagarse los zumbidos. Estuve unos instantes de pie, sin moverme del sitio, jadeando. Estaba tan agotado como si me hubiera pasando corriendo toda la mañana. De no ser porque todavía me dolía todo el cuerpo de los aguijonazos de los Beedrills, habría pensado que estaba soñando. Lentamente, con el cuerpo magullado y la ropa hecha jirones, me di la vuelta y continué caminando.
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